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Heredero del Invierno, la épica de la revelación

libro electrónico Heredero del Invierno, de Mariela González

Heredero del Invierno, Mariela González

Acabo de terminar Heredero del invierno, aún tengo el libro abierto, y creo que he salido de él como quien sale de un reencuentro con viejos amigos. Cada libro tiene su voz, su mensaje. Unos te educan, otros te movilizan. Con unos puedes jugar (hola, Perec), con otros solo indignarte (perdona, Thomas Bernhard, no volveré a leerte). Heredero del invierno está hecho de otro material. Si lo lees en tu juventud, te enamorarás de él. Si lo haces de mayor, recordarás por qué te cautivaron este tipo de novelas. En cierta manera, recuperarás el tiempo perdido.

En esta pequeña gran odisea acompañamos a Llyra, ladrona de poca monta, pero de gran corazón, en plena crisis existencial, a través de cuyos ojos contemplamos el viaje iniciático del otro protagonista -un tipo de modales hoscos y origen difuso, apodado, con mucho acierto, La Sombra- desde los centros urbanos a lo profundo de la naturaleza, y de ahí a la zona cero de su identidad. Una pareja reunida casi por azar y que logra una química chispeante mientras se ven envueltos en un atractivo (y peligroso) crisol telúrico, donde se jugarán mucho más que sus propias vidas.

Lo sorprendente de la obra de Mariela González es que consigue muchas cosas en muy poco espacio. Heredero del invierno es una historia increíblemente compacta: un universo entero, el del mundo de Ran, pincelado en trescientas páginas.

Heredero del Invierno, Mariela González
Heredero del Invierno, Mariela González.

Su trama y su trasfondo se entrelazan sin dar un respiro, pero también sin sensación de prisa. Mariela nos deleita con los detalles de las razas de animales o árboles que pueblan un bosque o el sabor de una infusión, mientras uno se pregunta cómo consigue hilarlo todo sin apenas flashbacks ni recursos abigarrados.

En efecto, nuestra autora busca (y encuentra) la revelación en las sensaciones, con un sentido de la contemplación casi zen: el murmullo de las hojas de los árboles con el viento, el calor de una manta o la manera en que un caballo come la hierba. Mientras que los personajes de Tolkien y George RR Martin jamás pillan un resfriado o sienten agujetas en las piernas, aquí las experiencias del día a día de nuestros héroes encuentran su justo acomodo. El contraste de lo cotidiano y la épica produce un efecto creíble y curiosamente familiar.

El arco de los personajes participa de esa revelación. En Heredero del invierno, las relaciones con la naturaleza son tan importantes como las de los hombres entre sí, incluso diríamos que complementarias. El elogio de la redención y la fraternidad que es este libro parece requerir el concurso de todas las razas y ecosistemas para su funcionamiento interno, igual que Sir Gawain necesitaba de la luz del sol para obtener sus fuerzas.

Pero Mariela González es una buena narradora y no ha dejado esos elementos a la vista. Se encuentran escondidos, como todo buen tesoro, bajo una red de intrigas y persecuciones, de encuentros y desencuentros, de misterios y de magia, de combates y emociones fuertes. Y sorteándolos como mejor pueden, una ladrona y un hombre-sombra tratando de sobrevivir y de conocerse a sí mismos.

[box type=”download” style=”rounded”]Capítulo de muestra de Heredero del invierno.[/box]

Mariela González, escritora de Carlinga Ediciones
Mariela González, @Scullywen.
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Té con Lovecraft

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Aquí os traemos un pequeño regalo, se trata de un relato corto del escritor José Luis Carrasco en el que nos ofrece un preludio de su obra Alfas y Omegas. Esperemos que lo disfrutéis y os que os animéis a conocer su obra, una de las más imaginativas de nuestro catálogo.


TÉ CON LOVECRAFT

by José Luis Carrasco (@guardaforestal).


Un ensayo sobre Noam Chomsky, tres temas del manual, memorizar resúmenes, subrayar fotocopias…

Buenas noches.

Dawn Hill llevaba una blusa holgada de color beige y zapatillas de deporte. También calzaba botas militares y una camiseta de su grupo heavy favorito, de colores desvaídos. La clara incongruencia la convenció de que estaba inmersa en otro de sus sueños lúcidos. In media res, como siempre. Miró a su antagonista y aceptó el duelo.

– ¿Espada o florete?

Ese rostro delgado, esos ojos hundidos en el pozo de unas cuencas de tiempos remotos… Lo tenía en la punta de la lengua.

La superficie de la mesa era larga y fría como un camino en la tundra. Dawn pidió que le recordara el motivo de batirse. Él sonrió con malevolencia. Dawn se palmeó la frente, como si aquel gesto hubiera tirado del sedal donde pescaba su memoria.

– Ahora caigo, tú eres H. P. Lovecraft.

Bebían los dos el té. Negro, por supuesto. El salón decorado con gusto barroco encajaba en el carácter del escritor de Providence. Una iluminación espartana, seleccionada para los puntos estratégicos, alumbraba los elementos de la estancia. El busto de la criatura deforme, el cuadro del paisaje, que no podía ser otra cosa que un bosque ignoto de árboles retorcidos… todo armonizaba con las preferencias de aquel autor que poblaba las estanterías de casa de sus padres, donde se asomó por primera vez a sus historias.

– ¿Ya está? ¿Solo estatuas y cuadros? ¿Qué hay de una chimenea, el retrato de un tatarabuelo del siglo dieciocho o un sillón orejero?

– Una acertada observación. Llamemos a nuestro demiurgo.

Lovecraft señaló una zona apartada, en cuyas tinieblas se materializó a través de una nube de humo un chaval barbudo con camisa de leñador. Cuando se disipó la nube, el chico levantó una mano a modo de saludo, y se presentó como amanuense del novelista, todo mientras bufaba desde una esquina de una mesa. Los dedos del chico trabajaban con frenesí, y bajo cada pulsación se iba formando una vieja máquina de escribir sobre la que sus manos trotaban con la torpona voluntad de un aprendiz de masajista.

– Un poco de calma, voy todo lo rápido que puedo.

– Mejor comencemos el duelo, querida. Para cruzar espadas basta un parquet.

Las estanterías brotaron del suelo y por ellas florecieron viejos tomos color ala de armiño y cereza. A Dawn le complació.

– Mejor.

Howard Philips Lovecraft estiró sus larguiruchas piernas, flexionó rodillas y crujió los huesos del cuello. Las espadas saltaron de la nada para brillar en sus manos, donde antes humeaban las tazas de porcelana. Dawn Hill se puso en guardia, el brazo y antebrazo en un ángulo de ciento cincuenta grados, el codo del brazo derecho ligeramente adelantado, la mano en posición de supino.

– Entonces está claro. Si venzo me dirás quién el contacto que me puede colar en la fiesta de la OPT. ¿Y tú?

Los labios de su refinado antagonista se afilaron en un semblante de felino cazador. Clavó su espada en el suelo y ajustó las mangas de su chaqué (no, de su levita, no, de su frac). Las sonrisas de Lovecraft parecían artefactos diabólicos. Mefistofélicas, sinónimas de perversas intenciones, pero las únicas que podían imaginarse en su rostro calavérico. Su nariz de aguilucho pendía sobre aquellas sonrisas, tan inexorable como el péndulo de Edgar Allan Poe.

–  Me conformo con poco. Tan solo el dulce sabor de la victoria y el encanto de un deporte de caballeros. En garde!

Como las notas de un arpegio de un instrumento de viento, los dos espadachines danzaron en igualdad y armonía. El balanceo de sus cuerpos, en tenso equilibrio, cada acción de uno eludida por el otro: todo funcionaba con económica perfección. El salón ensanchó gustoso sus dimensiones. Música de violines, probablemente interpretada por zíngaros, peinó el local. Los dos atacaron en línea. Anochevía.

Lovecraft lanzó de reojo una mirada al amanuense.

– Perdón. Quería decir…

Anochecía. Pero ya era tarde, las distancias reducidas, y Lovecraft no pudo parar el ataque con propiedad, falló la contrarrespuesta y trastabilló malamente. Dawn pudo reprimir la risita, pero no lo hizo.

– ¿Cambian las tornas, Howard?

Las palabras enardecieron las estocadas. El escritor arremetió en sexta entre resoplidos. Su rostro se nubló, poseído de espíritus malignos. En él se efectuaba una metamorfosis interior -la lava del volcán escupía su primera ceniza. Y atacaba, atacaba, atacaba.

– Hablas con demasiada chulería para ser una chica que prefería gandulear por centros comerciales a hacer sus deberes.

– ¿Cómo dices?

Ominosos presagios de tormenta invadieron por las ventanas: oscuridades… cómo definirlas… penetrantes, un trueno próximo, parduzcas nubes conquistaban los cielos como grupos bárbaros, la temperatura en descenso abrupto. Dawn tembló, friolera, y deseó un tórrido verano pero la atmósfera desobedeció. Los sueños lúcidos no solían rebelarse. Quizá era Lovecraft el que soñaba desde el más allá, y ella solo era un personaje secundario. Tanto daba. Era un precio aceptable por acceder a la clave para colarse en la fiesta más elitista de la universidad Konnismouth.

– Digo que no presumas tanto, niña, que nunca has dado un palo al agua.

Una estocada casi rozó la mejilla de Dawn.

– Que has pasado más tiempo con chicos en los cines que trabajando en la biblioteca.

Otra le cortó un mechón de cabello.

– Que no te has preocupado de ser una chica de provecho.

Otra, la tercera, silbó a una pulgada de su corazón.

Dawn retrocedió cubriéndose como una patizamba. H. P. Lovecraft parecía ocupar siempre el sitio adecuado en el momento justo, como si los planes de ella estuvieran escritos de antemano en los manuscritos del genio de Nueva Inglaterra.

Fuera, la tormenta tenía de emisarios a rayos, ventoleras y chubascos. La estancia sumó una pared y se convirtió en un poliedro oblicuo, bajo un intermitente proceso de abocetado y borrado. Aberrantes criaturas de legamosa piel asomaban deformes fauces desde las sombras esquineras. La asustada muchacha concibió tentáculos de hedor deleznable, imposible, como si las monstruosidades del pesadillesco habitáculo del novelista hubieran muerto varias muertes sucesivas, y cada una de ellas alcanzara un nuevo y superior nivel de putrefacción.

Y el salón. El salón era rojo profundo.

Su brazo agitaba la espada como una flor, y no respondía del todo a sus órdenes. La visión se le estaba volviendo borrosa, y el objetivo se difuminaba sobre el fondo como una mancha de café en una servilleta. Voces malignas susurraban a su oído, y apenas la mitad de ella seguía la trayectoria de las armas. El piano de Thelonious Monk sonaba meditabundo y entristecido.

Lovecraft rugió:

– ¿De qué piano hablas?, ¡céntrate y no me provoques!

El muchacho sacó la página de la máquina y tachó la frase, argumentando que no se podía quitar de la cabeza un tema suyo.

Las habilidades como espadachín de Lovecraft eran intachables, tanto como su afilado vocabulario. Antes o después perdería el equilibrio y llegaría el final. Si tan solo le socorrieran sus héroes. Si Bulgakov se descolgara de la segunda estantería, o si Rulfo se desperezara y levantara la voz… En su lugar, un coro de lobos llenó la sala con sus aullidos. Olisqueaban una presa cercana: ella misma. Quizá moriría en ese mismo instante de ferocidad, abandonada a su suerte en sus propios sueños, agonizante de miedo, incapaz de valerse. Lovecraft estaba en lo cierto. Era lo que decía su madre: nunca dejaría de ser una mocosa tontorrona.

Su madre…

– Y además estás gorda.

¿Gorda? Puede, pero el término desentonaba con el arsenal de epítetos de Lovecraft. Escrutó el rostro del escritor. Las babeantes figuras de las esferas abandonaron el poso maleficente que dejaban en su faz, y por un instante el eterno transcurrir cósmico mostró de refilón las cuerdas de la marioneta. Lovecraft no parecía el mismo. Eran otros esos ojos. Ojos familiares. No podía asegurarlo. Pero merecía la pena seguir la intuición. Tensó el brazo para erguir de nuevo el hierro al oponente, en primera, flexible y frío como su voluntad.

El centro comercial, las lluvias que bautizaban el otoño, los viajes primeros en autobús, luego en coche, una cabalgata de recuerdos de la verde Columbia Británica se proyectaban en las paredes. Imágenes desenfocadas, incapaces de inyectarse en la diégesis del sueño, del salón victoriano que se resistía a no ser más que un salón victoriano, cuyas puertas dobles contenían con poderosos cerrojos los empujones del subconsciente.

– Hay algo en tu voz…

– Hay algo en tu voz…

– No repitas mis palabras.

– No repitas mis palabras.

Lovecraft hablaba como Dawn. Dawn se batía con Dawn. No obstante, él empleaba el discurso rencoroso de su madre, asimilado por ella desde la niñez como microchips de su propia configuración. Sí, aquellos sermones (domingo por la mañana, sin desayunar) llenos de frustración. Se los sabía de memoria. Se los repetía antes de estudiar, de trabajar, de amar. Dawn la rellenita. La despeinada, la de la música ratonera. Se reconoció como enemiga, se juzgó sin misericordia y dejó que la invadiera un deseo masivo de llorar. Para eso tenía experiencia: la madurez no había coartado con vergüenzas su uso del bálsamo del llanto.

Dawn sospechó que si no volvía a la guardia, acudiría en tromba la Horda de los Temores (fastidiando psiques desde 1965), dispuestos a hacerla sucumbir en su propia inseguridad. Le recordarían que ella no sabía esgrima, ni qué era eso de la primera, la sexta o la cuarta, o en qué consistía una espiga o una passata di soto. Un detalle sustantivo al que sobreponerse.

– Déjame en paz, mamá.

El autor tembló. Su acero igual. Probó varios arrestos, sin fuelle. Farfulló. Cómo podía ella hablarle así. Qué era esa falta de respeto. Dawn no se dejó amilanar por Dawn. Pisaba suelo firme y se quería de nuevo. Lucía el sol en el cielo, agosto al fin. El chico de la barba sonreía. El salón volvía a a su antiguo ser rectangular.

– Tengo edad para decidir sobre mi vida. Mis opiniones solo te causan risa. Por eso te dejé Vancouver, para que tengas siempre la razón, ahí, solita en tu castillo.

Una, dos estocadas, diez. Estaba en racha. Lovecraft se veía indefenso, no mantenía la línea, y aunque quiso intercalar alguna contrarrespuesta, murmuraba con voz de prestado, y al formular las oraciones, su autoridad mermaba como la del tímido sempiterno de la vida real, y todos los resquicios de palabra y obra eran demasiado estrechos. Un rayón en una pared descubrió una escena de una madre despidiendo a su hijo en el aeropuerto. Supo que era el pasado. Otro rayón desgarró la realidad, y surgió el mismo chico, zumbando a la carrera por unas escalera. Eso era el futuro.

– Cometeré los errores que hagan falta. Cambiaré de opinión si quiero. Sentiré miedo, frustración y pudor, y no reprimiré mis sentimientos, porque soy una persona, no una máquina. Y si no tengo tu comprensión y tu apoyo, los encontraré en otra parte.

Rompiendo hacia atrás topó con la estantería. Dawn alzó la espada y de un simple tajo decapitó la rosa en el ojal del contrincante. La niña trinó: touché!

– Aunque en realidad no eres tú quien habla. Tú eres un pasado que he magnificado con lupa. Siempre he sido yo. Pero vuelvo a tener el control.

Las oscuridades ignominiosas amagaron un nuevo desafío, malolientes, tumefactas…

(Pero Lovecraft rindió la espada, en gesto de que admitía la derrota)

…Las estrellas distantes emitieron su postrer parpadeo, como si dioses anteriores a la memoria las hubieran sentenciado, y sólo quedó, aislada en el funeral del cielo, la gibosa luna…

(Aunque, en realidad, brillaba el sol ahí fuera, y levantaba destellos sobre las olas de la playa de Vancouver)

… Y el ser -o el pálido reflejo- con la máscara de Howard Philips Lovecraft dejó caer el arma, se ajustó la corbata, saludó ceremonioso e invitó a Dawn a sentarse y terminar el té.

– Tú ganas, querida. He aquí lo que deseabas saber.

En el aire levitó un pergamino, desde un escritorio, y frente a ella un cálamo y tintero, animados por una fuerza invisible, anotaron un nombre y un número de teléfono. A Dawn le sonaba vagamente de los pasillos y despachos de la facultad.

– Tú sabrás cuáles son los verdaderos motivos para ir a esa fiesta. Engáñate con tus quimeras: yo sé que hay un propósito más importante, pero no te lo diré.

– ¿Por qué no?

– Soy así de caprichoso, además, no recordarás una explicación tan larga al despertarte.  Tan solo memoriza ese nombre y teléfono: pertenecen a un frater de la Omega Pi Tau. Él te conoce, y aceptará invitarte esta noche. No faltes a la fiesta. Sin saberlo, ayudarás mucho a alguien. Tu destino te aguarda. Y buena suerte. La vas a necesitar.

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La felicidad en el mundo binario: El fin de los sueños, de Campbell y Cotrina

Los escritores que publican libros a cuatro manos son una especie rara en nuestro país. Miro mis estanterías: ahí están los hermanos Strugatsky, artífices de joyas como Qué difícil es ser Dios, o el relato que dio origen a Stalker, una de mis películas de cabecera. O los autores de la mota en el ojo de Dios, Larry Niven y Jerry Pournelle. También Philip K. Dick, que al final de su carrera escribió Dies Irae junto a Roger Zelazny. No recuerdo casos parecidos en nuestro país, aunque seguro que lo hay. En todo caso ningun ha llegado a mi biblioteca hasta que Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina presentaron en el festival Celsius 232 El fin de los sueños.

Gabriella Campbell ha publicado dos libros de poemas. Cotrina es una de las grandes voces de la fantasía juvenil de aquí y de fuera, y su talento e imaginación volverían a J.K. Rowling verde de envidia. Ignoro si Campbell habrá aportado su experiencia poética al aire onírico y sugerente de esta novela, o si Cotrina se habrá encargado de esos personajes inseguros, huérfanos y pequeñitos que tan bien se le han dado en obras como la excelente trilogía de El ciclo de la luna roja. Sí se que han logrado una obra formidable, original y bien armada.

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El Fin de los Sueños

“El fin de los sueños” habla de un estado que sobrevive a un apocalipsis digital. La sociedad parece conformada según las reglas de los protocolos informáticos, en una revisión moderna de las distopías del cyberpunk. Ahora los niños programan desde la cuna, y sus vidas parecen codificadas con la misma uniformidad de los unos y ceros con que regulan sus ciclos de descanso.

En una curiosa vuelta de tuerca que el propio Dick hubiera aplaudido, los personajes de “El fin de los sueños” duermen en breves períodos y sueñan con historias diseñadas de antemano. Algunos lo llevan bien, otros se resignan, los más infelices se vuelven adictos a esa confección a medida de las fantasías. Los ciudadanos pueden dedicar el resto del tiempo a otras cosas, yo intuyo que a trabajar o a perderse en placeres de consumo donde no haga falta usar la imaginación, en una especie de giro cruel y extremo del capitalismo.

“Levántate y piensa”, parecen decirnos Campbell y Cotrina según pasamos las páginas, “o al menos, levántate e imagina, y disfruta de la vida”. Sus personajes pugnan por encontrar algo real y natural en su universo ceniciento. Algo que escape de los semáforos y guardas de tráfico que ordenan su existencia en una trama de blancos y negros.

Muchos llevan en su nombre la marca de la tragedia. El joven Ismael lo comparte con el protagonista de Moby Dick. Isaac, su padre, me hace pensar en la brutal anécdota bíblica del sacrificio paternal. Aparte de la madre de Anna sólo conozco otra Cordelia, la de la épica tragedia familiar de Shakespeare, El Rey Lear. Terribles referencias, aunque todas ellas guardan el germen de la lucha, de la revolución en su onomástica.

Y de revoluciones va El fin de los sueños, una historia que parece llegar a nuestro país en el momento adecuado. Son grandes palabras: tragedia, revolución, alienación. Pero Campbell y Cotrina saben que lo que nos mueve son los pequeños detalles, y que en el fondo las personas solo ansiamos redención, paz y amor.

Al contrario que en muchas películas y libros de vistosos efectos especiales, los dos autores cambian los fuegos artificiales por esa belleza de los pequeños detalles. Hacía mucho tiempo que un simple beso no se arropaba de tanto significado y disparaba el deseo de aventura, de conocimiento.

Y es que la misteriosa dama en apuros que llama al rescate a los modernos caballeros que protagonizan el libro remueve todo un magma subconsciente, tanto de los chicos como de nosotros, lectores atrapados por su candor. Parece claro que se trata de la víctima de una poderosa entidad, pero también resulta extraña cuando se aparece, maleable, dúctil, como una respuesta a los sueños más profundos de cada uno.

Difícil no pensar en las teorías platónicas y el mito de la caverna. El ideal platónico dibujado en un sueño de píxeles y escrito en código informático. Cuando recuerdo a la misteriosa niña, siempre tarareo mentalmente aquella canción de los Pixies:

Is she weird,

is she white,

is she promised to the night?

And her head has no room…

El fin de los sueños se puede ver como una emocionante y algo siniestra revisión del cuento de la Cenicienta, pero también es mucho más. Y después de su intenso clímax, los autores, que ya habrán satisfecho nuestro deseo de acción, volverán a regalarnos otros pequeños detalles que hablan de cómo construimos nuestra felicidad más allá del mundo binario.