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Trova del mago con ballesta | Cuarta parte

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Y por fin el gran y apoteosico final de la trova del mago con ballesta, orgullosa obra de Álvaro Aparicio, está disponible de forma gratuita y sin censura para cualquier incauto lector, y solo tenéis que seguir leyendo.

(Si quieres empezar por el principio pincha aqui.)


TROVA DEL MAGO CON BALLESTA (in the forest)

IV

EL EXTRAÑO CASO DEL MAGO QUE NO LANZA MAGIA NI AHÍ LO MATEN


Mil orcos pacíficos gruñían

frente a la brumosa cascada fría.

Ejticulodati, animoso, avanzó por el pasillo,

percatándose de que no tenía ni un virote.

Al goblin Cacerolo observó con amorcillo,

y por la cascada algo verde emergió cual pegote.

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Trova del mago con ballesta, parte IV (Ilus. Ana Blanco).

—Aunque hayáis venido buscando otra paliza, os daré la oportunidad de salir con menos bajas que la última vez. ¿Veis bien a mi primo Cacerolo? —les preguntó sacudiendo al goblin por el cogote desde la parte interior de la cascada—. Sí, amigos, es verde y enano. ¿Sabéis por qué? Por lo mismo que tiene los ojos rojos: porque es más malo que la lepra. Si lo suelto, no me hago responsable de lo que aquí ocurra. Lo juro ante Dios y la Virgen, que me importa un rábano si esta noche acabáis todos con una minusvalía del 65%. —Un orco del fondo empezó a aplaudir creyendo que asistía a un espectáculo de guiñoles—. La crueldad de su pasado lo ha vuelto peligroso, y se remonta a la Ucrania Soviética… Hablo de Prypiat, panda de colgados, Chernóbil, donde actualmente los mutantes vagan libres por la Zona. Cacerolo, que es muy aquerenciado, decidió permanecer incluso cuando se compuso la canción del verano con detectores Geiger-Müller. —El aludido se giró, pero la cortina de agua le impedía verle el rostro al mago, que se reía por lo bajo—. Pero si queréis saber más, es el terror de los espías. No ha dejado cápsula de cianuro por morder. También ha pactado con el demonio, pero la descripción del día que firmó la hipoteca la dejaremos para otro momento. Lo que ahora importa es que despejéis la salida, que nos atufáis la cueva. Eso, o suelto a mi primo y estreno barra libre de malaria.

Los orcos guardaron silencio, rumiando la intención del mensaje.

—Pero si hemos venido a por él —dijo uno del montón.

—¿Ah, sí? —preguntó el mago apunto de arrojar el goblin a la muchedumbre.

—Pues claro, tu primo es capaz de concederle un deseo a cualquiera —respondió otro.

Cacerolo fue absorbido por la cascada. Ejticulodati se lo puso a la altura de la cara.

—¿Concedes deseos?

—Pozí.

El mago se lo acercó hasta que el empapado goblin comenzó a bizquear.

—¿Y no te das asco pagándome tu rescate con una sillita de los chinos? Por no hablar del conato de emponzoñamiento con esa cena infame. ¿Qué pretendías? ¿Meterte en el tráfico de órganos a mi costa? Hubieras matado a todos tus clientes, tarugo. Tengo tantas enfermedades de burdel reescribiendo mi código genético que los resfriados aumentan mi masa muscular.

—El que avisa no es traidor —se defendió el goblin—. Yo lo dejé caer como al pasar. Y de emponzoñamiento nada, que era un plato gnómico.

—¿Fardas de cocinar recetas gnómicas? No tienes cara tú ni nada —murmuró con infinito desprecio.

—¿Qué? Yo sólo pasé un gnomo por la túrmix.

La voz de un orco cuya enorme silueta se adivinaba a través de la cascada interrumpió la discusión.

—Soy Retuercevértebras, sosegado líder de la tribu de los Orcos Pacíficos, y vengo a parlamentar. ¡Os exhorto a salir!… Cuidado con esa hormiga —se le oyó decirle a uno de sus escoltas.

El mago, soltando a Cacerolo, emitió una risotada de indignación.

—Anda, éste. Por qué no te mojas tú, listo.

Dos musculosos orcos de importante envergadura abrieron las aguas con los escudos antepuestos a guisa de techo, permitiendo que el contacto visual no se frustrase por una mera formalidad protocolar.

Retuercevértebras apareció en medio, señalando al goblin.

—Su culo me pertenece.

—Espera, espera —intervino Ejticulodati con expresión aturullada—. No es por desviar el eje de la conversación, pero hay algo que me ronda por la cabeza desde hace rato… Vosotros sois todos tíos, ¿no? Quiero decir, no tenéis mujeres o niños, ¿verdad? Pregunto porque hace menos de veinticuatro horas arrasé vuestro campamento, virote va virote viene, y —agitó las manos contrariado— no querría tener el cargo de conciencia de haberle disparado a… Bueno, tú me entiendes.

—Somos todos tíos —aseveró Retuercevértebras lacónico—. Puedes quedarte tranquilo, que sólo has matado a mi abuelo, a mi padre y a la mitad de mis hermanos.

—Uf, qué descanso… —disimuló el mago—. Y ahora qué tal si os piráis, que hacéis unas pintas aquí con los escudos parando la cascada que a ver si jodéis algún arroyo por desviar el agua.

Retuercevértebras dio un paso hacia adelante con talante malicioso.

—Sabemos que no te quedan virotes —advirtió.

—No hay huevos de demostrarlo —desafió el mago apuntándole con la ballesta.

—Hemos encontrado el cadáver del ogro amigo del bosque. Si sumamos los disparos que efectuaste en nuestro campamento y los añadimos a los que tenía el ogro en la cara, no existe carcaj que aguante ni un virote más. Además, llevas la ballesta descargada.

Ejticulodati cogió a Cacerolo por un bracito y lo alzó como un talismán de poder.

—¡Aún tengo un deseo…, y podría ser un virote!

—Y nosotros somos diez veces cien. —Retuercevértebras aclaró por si acaso—: O sea, mil.

El mago gritó de frustración.

—Entonces no me dejáis elección. —Miró al goblin—. Cacerolo, deseo un hacha de batalla.

El goblin emitió un sonoro resoplido.

—Venga, hombre, que podría darte el poder de cambiar el mundo, de empalmar dimensiones, de congelar el tiempo, elevar volcanes, alisar valles, de crear bosques y vaciar océanos, de…

—Un hacha —repitió el mago ante el cauteloso avance de Retuercevértebras—. Sólo necesito un hacha de batalla. Rápido.

—Intento explicarte que a través de mí tendrías acceso a la biblioteca arcana de los hechizos infinitos, con la cual serías tan inconmensurablemente poderoso que no encontrarías oposición en quinientas eras divinas, por no mencionar que…

—Cacerolo, deja de tocar los huevos y dame un hacha de batalla —susurró el mago con los dientes apretados.

—Yo es que no entiendo ese empeño en pedir chuminadas, fíjate que…

Ejticulodati estampó al goblin contra el suelo y hasta sus manos rebotó un hacha de batalla generada por materialización espontánea. Un pálido Retuercevértebras lo señaló con gesto tembloroso.

—Va armado —musitó descubriéndose en el reflejo del acero del arma—. Ahora es invencible.

Ejticulo comenzó a caminar hacia ellos, blandiendo el hacha y descansándola en el hombro derecho en cuanto acusó las limitaciones de su artrosis.

—A ver la parejita de fornidos de la cascada, que parecéis sacados de una sauna gay, bajad los sobacos y que corra el aire.

Los subordinados de Retuercevértebras vacilaron, pero su líder los exhortó a la impavidez.

—Va en serio —afirmó el mago sosteniéndole la mirada a Retuercevértebras—, dile a Máximum Macho y Apolo Trans que guarden los escudos. La deliberación ha terminado.

—Yo también tengo un arma —objetó Retuercevértebras con la cabeza gacha—. Podría retarte a duelo.

—Se te ve el plumero, grandote. No podrías retar ni a mi abuela. —El mago entornó los párpados—. Fuera de aquí o se lía la marimorena.

Retuercevértebras comenzó a hiperventilar y a mirar alternativamente a sus guardaespaldas.

—No —dijo mohíno.

El mago se arrojó cual toro de lidia y Retuercevértebras y sus esbirros retrocedieron restaurando la libre circulación del agua por delante de la cueva. Ejticulodati, ciego por el impulso de cortar a la mitad a quienes reclamaban al pequeño Cacerolo, atravesó el líquido elemental brotando ante la mirada alelada de una legión de orcos. Desaforado por el disgusto de mojarse, la emprendió a hachazos con los que tenía más a mano, provocando la inmediata retirada de los concurrentes. A los cinco minutos, no quedó nadie de la hoy extinta —por sobradas razones— tribu de los Orcos Pacíficos. Una vez más, con posturita de dignidad majestuosa, Ejticulodati había triunfado sobre quienes por alguna estúpida exigencia filosófica no podían defenderse. Cacerolo, viendo seguro el perímetro de la pradera, se aproximó con aire de groupie y le abrazó las pantorrillas.

—No te pongas mimoso que te devuelvo a la alcantarilla… —Pero entonces miró al goblin con renovado interés—. ¿Cómo va eso de conceder deseos? ¿Es a cualquiera?… ¿A cualquiera que suelte la pasta, por ejemplo?

—Sí, a cualquiera, ¿no es la bomba?

—Y es un deseo por persona —repasó el mago.

—Uno, efectivamente —dijo Cacerolo en tono grave—. La ambición de las personas es tan grande, que si en vez de uno fueran…

—Le van a dar por culo al reino y a las setas —concluyó el mago introduciendo el goblin en el morral—. Tu existencia ha sido concebida para imprimir dinero, colega. ¡Nos vamos al callejón de las Putas!

—¡Amo, gracias por enseñarme mundo, pero qué sitio tan malsonante es ese! —exclamó el goblin desde lo profundo—. ¿Es bonito como el bosque?

—Siempre te quedará la opción de cerrar los ojos e imaginártelo como te salga del rabo mientras te hinchas a conceder deseos. Por cierto, ¿cuánto vives?

—¿Te preocupa el inesperado arribo de mi senectud y mi posterior fallecimiento?

—Qué va, es para ir haciendo cálculos…

Mago y goblin abandonaron la pradera sin mirar atrás. Pocos días después, la ciudad se llenó de magia e ilusión, registrándose la aparición de palacios donde antes había chozos de mala muerte, de princesas y efebos llamados igual que la escoria analfabeta que componía la distracción del enemigo en el lado exterior de las murallas, y de caballos que ladraban, gallinas que rebuznaban, cajas de ahorro que no organizaban concursos literarios para desgravarse a Hacienda y otros deseos estúpidamente desperdiciados.

—¿No son sorprendentes los paralelismos entre la fantasía y la realidad? —reflexionó Ejticulodati—. Es que ni hecho aposta, Cacerolo… —Suspiró, deshaciéndose de aquel rapto filosófico—. Arreando, que es gerundio.

—Que viene del gerundium latino.

—Uy, éste, ahora va de culto… Limítate a extender los penes que yo te diga, ¿vale?, que de eso va ser un currante en esta vida.

FIN

Álvaro Aparicio

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Esperamos que os hayan gustado las aventuras de Ejticulodati tanto como a nosotros. Ahora, y por último, os vamos a pedir que nos dejéis vuestra opinión, lo que os ha parecido y que parte os ha gustado más.

Muchas gracias de antemano 😉

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Trova del mago con ballesta | Tercera parte

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Parece mentira pero ya vamos por la tercera parte de esta singular historia de magia y aventuras escritar por nuestro querido Álvaro Aparicio… espera, que aún te falta la primera parte y la segunda parte por leer, pues ¿a qué esperas?


TROVA DEL MAGO CON BALLESTA (in the forest)

III

CUANDO SE NOTA QUE NO HAY UN IKEA EN TU CIUDAD


La noche en banda se cerró,

y a lo lejos una cascada se oyó.

Cacerolo, el agua señalando,

al mago invitó a pasar.

A lo que éste repuso: la apagas o qué.

Colega, no me pienso mojar.

Trova del mago con ballesta, parte III (Ilus. Ana Blanco).
Trova del mago con ballesta, parte III (Ilus. Ana Blanco).

Pero se mojó de todas formas. Detrás de la cascada se abría un túnel tallado en la roca que comunicaba con una austera morada goblin. Llegados a esta parte, Cacerolo alumbró con una antorcha, dejando claro que lo de austero es un eufemismo.

—He contado tus muebles —dijo Ejticulodati escurriéndose las mangas con expresión sombría.

—¿Qué?

—Que he cuantificado tu mobiliario.

—Ah, sí, sí —respaldó Cacerolo asintiendo con la cabeza como si le hubieran comunicado una certeza irrebatible.

—Tienes dos muebles. Una mesa podrida por la humedad y una sillita de los chinos.

—Son mi orgullosa herencia. —afirmó Cacerolo ante un mago que no parecía impresionado—. Mi pueblo no tiene mucha idea de carpintería.

—Usas el plural porque son dos; es lingüísticamente correcto, no te lo voy a negar. Pero si vienes y me dices que en tu casa tienes muebles, comprenderás mi decepción si por un casual esperaba algo más de confort.

—¡Oh, no te preocupes, mi salvador! —exclamó Cacerolo entusiasmado—. La sillita será hoy tu trono. ¡Arremángate! Tengo un puchero en la cocina que ya verás.

—Pero si no tendrás ni nevera —replicó el mago mientras el goblin se escurría con la antorcha por un pasillo—, ¿de dónde me vas a traer ese puchero si has estado —el ruido de Cacerolo faenando en la cocina puso de manifiesto lo inútil de su pregunta— tres semanas en una puta caja?

En plena oscuridad, Ejticulodati empujó la sillita con la punta de una alpargata. Sintiéndola firme, decidió sentarse y esperar. Podía apoyar el mentón en las rodillas. De hecho, se entretuvo mordisqueándose las rodillas. Al rato brotó una peste a cloaca sólo explicable por el regreso de Cacerolo, que con dos cuencos de madera en la mano izquierda y la antorcha en la derecha, sonreía orgulloso de su labor como anfitrión.

—Se te ve ensimismado, amo, ¿en qué piensas?

—En lo extraña que es mi vida. —Bajo la pobre luz del fuego parpadeante, el mago ojeó el contenido del cuenco que el goblin depositó frente a él—. Hum. —Con la cuchara apartó un pelo y pescó un ojo—. Es tal mi desconcierto que, mira, sí, he pescado un ojo, pero en vista de tu reluciente alopecia, me preocupa más el pelo. —Se alejó hacia atrás con asco—. Por tu culpa estoy perdiendo la capacidad de sorprenderme de ese conjunto de tragedias que llamo vida.

—Son proteínas —sentenció Cacerolo dando buena cuenta de su ración al otro lado de la mesa.

—Ponte a escribir libros de recetas para la fauna cadavérica, fijo que tienes público y te forras. —Desde la distancia, dejó caer el ojo en el líquido alquitranado y salieron a flote tres uñas—. Hum.

—Es que cuando cocino —reflexionó Cacerolo soñador—, siempre tiendo a buscar la sorpresa de mis comensales… Pero dejemos de hablar de mis pasiones. ¿Qué tal la silla?

—Que me está cogiendo una contractura de las que acaban en latigazo cervical y collarín, tranqui.

El mago se levantó con aire adolorido y se sentó a lo sastre en el suelo. Luego, chupeteando la pipa apagada, se puso a remover maquinalmente el contenido del morral.

—¡Bueno!… Cuéntame —dijo Cacerolo frotándose las manos con exagerado interés—, ¿qué dignísima misión te trae a esta región? ¡Es una casualidad que dieras conmigo!

—Ah, eso. —El mago carcajeó quitándole hierro al asunto—. Un pesado en un castillo me pidió que le rescatara a la hija. Por el camino una vieja me chilló que tenía ratas en el sótano. Lo último que supe es que tenía que buscar setas mágicas en el bosque. Me papé una y… –a su mente acudió el recuerdo de un baile en bolas bajo la luna y el asalto a un tendedero que le llenó las manos de bragas–. Yo ya no entiendo nada, tío, no me preguntes esas cosas… —Giró la cabeza, estallando de sorpresa—. Qué cucada la sillita, tú. Con luz y bien mirada no parece tan hortera.

—¡Oh, no, no! —exclamó Cacerolo—. Es de una factura artesanal magnífica, por no mencionar el incalculable valor sentimental añadido por pertenecer a… ¿Qué haces?

—Organizar el inventario —contestó Ejticulodati con la cabeza metida en el morral—. No veas la que tengo liada aquí dentro. —Hizo un silencio abrupto—. ¿No me había deshecho del artilugio que le saqué al ogro? Aquí tengo tres de esas cosas, tío, qué flipe… Ve pasándome tu cuenco vacío, anda.

—¿Para qué? —preguntó Cacerolo al tiempo que obedecía.

—Porque me estoy cobrando tu rescate y primero va lo pequeño —explicó el mago—. ¿No sabes que los aventureros guardamos toda la mierda que pillamos por el camino? Sigue contándome tu vida, no pares.

De pronto sonó un cuerno orco que retumbó en la cueva, provocando leves desprendimientos de polvo mineral.

—Parece que te tocan el timbre —dijo el mago metiendo la sillita a presión en el morral.

Cacerolo se puso de pie de un salto.

—Pero si yo no tengo timbre —afirmó desconcertado.

Ejticulodati arqueó las cejas y aprestó la ballesta.

—Arreando.

Álvaro Aparicio

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Trova del mago con ballesta | Segunda parte

Si aún no has leido la primer parte de esta loca historia creada por Álvaro Aparicio, no te preocupes, aquí la tienes.


TROVA DEL MAGO CON BALLESTA (in the forest)

II

EL BOSQUE DESENCANTADO Y LA LIJADORA ORBITAL


Mago y homúnculo hacían camino,

y de los desdichados orcos, vamos, ni huella.

Allá iban por el calmo sendero caprino,

y mejor así, pensaron, que tener que reventar otra cabeza.

Risueños partíanse el culo compartiendo desgracias,

ajenos a lo que pronto frenaría su marcha.

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Trova del mago con ballesta, parte II (Ilus. Ana Blanco).

—¿Cómo dijiste que se llamaba tu gente? —preguntó Ejticulodati cargando la pipa con el maloliente tabaco del goblin.

Cacerolo parecía feliz de que su salvador se interesase por su pueblo.

—Oh, nuestro nombre es Feroces Colmillos Largos, aunque también se nos conoce informalmente como los Cuquis. —Con misteriosa solemnidad, añadió—: Somos muy temidos por todo aquello que mida diez centímetros menos que nosotros.

—¿Feroces Colmillos Largos…? —murmuró el mago frunciendo el entrecejo—. Vamos, que tenéis colmillos largos.

—Sí, amo, como los que componen tu collar. De hecho —Cacerolo entornó los ojos—, diría que el del medio se parece al colmillo izquierdo de mi padre. Vaya casualidad, ¿no? Porque nuestros dientes son como vuestras huellas digitales.

—¿Esto? Qué va, hombre, qué va —contestó el mago escondiendo el collar dentro de la túnica—. Es de esas baratijas de plástico del mercadillo medieval… ¡Espera!

A lo lejos descollaba una mole que dormía en medio del camino. Pidiéndole la máxima discreción al goblin, Ejticulodati se arrimó hasta un tronco lo suficientemente cercano como para oír los ronquidos de la criatura. Un ogro salvaje. La piel de su barriga, repleta de pequeñas protuberancias rocosas, se inflaba y desinflaba con la gracia de un fuelle. El mago aprestó la ballesta, pero algo le hizo dudar. Los virotes no bastarían para doblegar a semejante ejemplar. Tras una breve reflexión, decidió darle unas indicaciones al pequeño chamán, lo que derivó en la vergüenza de descubrirse hablando solo, pues cortos eran los pasos del goblin que desde atrás venía con el aire grave del que está dispuesto a realizar grandes hazañas.

—¿A qué peligros hemos de desafiar? Porque me siento capaz de domar un dragón negro —susurró Cacerolo con voz forzada—. Ésos que son inmunes a la magia.

—¿Y a caminar rápido qué? Mueve el culo, puto mono.

—Que tengo las piernas cortas, amo.

—Serás pelota, si me acabas de conocer. ¡Date prisa!

El goblin alcanzó la posición del mago y se asomó por el tronco. Enseguida meneó la cabeza en ademán negativo.

—Es amigo del bosque —dijo—. Vive aquí desde que el sol cuelga del cielo.

Ejticulodati posó las manos en sus pequeños y fétidos hombros y apretó los labios fingiendo compunción.

—A cada cerdo le llega su San Martín. Debemos cargárnoslo.

—No es cierto. —Miró otra vez al ogro durmiente—. No… ¿O sí?

—Tanto amo y tanta hostia, ¿y luego me contradices a la primera? ¿Qué no ves que está en medio del camino? Pues nuestra misión es… —Y golpeó el puño izquierdo contra la mano derecha soltando un onomatopéyico “capút”—. Existe una ínfima probabilidad de que esconda magníficos tesoros.

—¿Vale la pena arrebatarle la vida a una criatura ancestral con esa ínfima probabilidad de aval?

—Peor me sentiría no intentándolo. —Con gesto amable pero firme, el mago empujó el goblin al camino—. Ahora demuéstrame que salvarte ha sido una buena inversión. Ataca, Cacerolo.

—¡Soy inviable para el combate, amo, incluso para la propia naturaleza! —aulló braceando inútilmente—. ¡Provengo de un pueblo alquimicodependiente que necesita respiración asistida para ir de vientre!

—No me vengas con cuentos, que todos tenemos problemas. ¡Tira!

Cacerolo dio tres pasos en dirección al ogro. Miró a su alrededor buscando auxilio en las formaciones del sotobosque, escondrijos —aquellos que, por improbable que fuera, disimularan el temblor de su cuerpecillo—, o armas tales como palos y escopetas, cualquier cosa que pudiera evitarle una muerte que lo dejase con aspecto de placenta.

—¡Haz algo! —ordenó Ejticulodati, induciéndole al pequeño chamán un nivel de estrés que, sumado a su inexperiencia en lides de combate, lo llevó a considerar plausible la idea de arrojarle al ogro un pedrusco enorme. Pero dada su destreza manual de tiranosaurio, además de no impactar —en lanzamiento de peso, la distancia recorrida por el pedrusco equivaldría a la línea de cal que rodea al lanzador—, produjo el estruendo necesario para que el ogro se despertara cabreado.

Cacerolo emitió un chillido.

—¡Corre por tu vida, Cacerolo, pon a salvo tu verde existencia! —le dijo el mago, que veía al ogro ponerse de pie con lentitud de coloso—. ¡Pero no vengas hacia aquí, que eres una puta baliza andante!

El goblin, al borde del desmayo, se abrazó a sus pantorrillas.

—¡Estoy aterrorizado, amo! ¡Mátame, por favor, antes de que lo haga el ogro!

—No tengas tanta prisa —le espetó apartándolo de una patada—. ¿Los chamanes no tenéis ningún superpoder?

—Sólo sirvo para concederle un deseo a cualquiera que se me cruce por delante —respondió con ojos llorosos y la dignidad quebrantada.

—Pues en lo tocante a defenderte eres más inútil que pedalear en bajada, muchachito. Me obligas a apelar a mis hechizos. Y odio leer.

Ejticulodati extrajo del morral un pergamino garrapateado y con admirable empeño se entregó a la tarea de comprender su infame letra de estudiante.

 

IGNIS OBITUS

(de donde yo vengo, bola de fuego)

Cruzar las manos. Cerrar los ojos. Tener pensamientos bonitos. Luego imaginar que el fuego los arrasa. Para ejecutar con éxito el lanzamiento se requiere una hercúlea concentración. Voy a salir del aula un segundo, pero esto no hace falta que lo escribáis.

Cosas del bedel, prosigamos. Es conveniente que antes de iniciar el ritual del fuego se haga riguroso ayuno. Como cuando vuestros padres os amenazan con haceros un análisis de orina porque vais por la casa con cara de fumaos. En el transcurso de dicha preparación también se aconseja guardar las manos del frío para que la chispa espiritual encienda rápidamente a la hora de invocar al elemento. ¿Por qué os digo esto? Porque la combustión espontánea no es un chiste. Duele un cojón. Además, deshacerse de las impurezas del cuerpo nos evita la mayoría de los efectos adversos del hechizo, tales como ampollas en el vientre, formación de quistes en el páncreas, recogida de líquido alrededor del corazón, obstrucciones intestinales, copiosas hemorragias internas, dificultad de audición, pérdida temporal de la vista y de las facultades cognitivas, trastornos musculares severos que os obligarían a llevar la cabeza a la altura de las rodillas, colapsos respiratorios y lógicamente la muerte. De modo que tenéis que estar segurísimos de querer lanzar fuego sin ayuno. ¿Alguna pregunta? No, por favor, no volvamos otra vez a ese tema, ¿vale? El menú es el menú. No vale de nada hacer piquete en el comedor. Al cocinero se la suda que vosotros no queráis merluza… Ejticulo, hijo, ¿qué apuntas tanto?

—Fui un estudiante casi tan horrible como lo que me enseñaron —masculló guardando el pergamino en el morral—. Cacerolo, ponte a correr alrededor del bichardo, que me quedan diez virotes y tengo pensado hacérselos tragar.

La batalla fue encarnizada. El goblin, a pesar de repetir insistentemente un recorrido de tropiezos con las únicas tres rocas que sobresalían en el camino, realizó bien su faena, que consistía principalmente en no dejarse matar, algo que por otra parte tampoco tendría mucho mérito si no fuera porque Ejticulodati meditaba cada disparo entre diez y quince minutos con el pretexto de que la munición estaba muy cara. Cuando el ogro, que no carburaba fino por una insuficiencia de concentración de hidromiel en sangre, cayó abatido con la jeta erizada de virotes, Cacerolo se despatarró en el suelo viendo al mago acercarse al inmenso cadáver con un cuchillo en ristre.

—¡Dame tus tesoros! —exclamó éste al tiempo que abría al ogro en canal y hundía el brazo entero en aquel amasijo maloliente de tripas calientes—. ¡Oh, aquí está! ¡Siento algo duro!

—¡Amo, es la ínfima probabilidad más excitante de mi vida! —exclamó Cacerolo con el aliento justo para mover los labios.

—A que sí —suscribió el mago, que recuperó el brazo con una lijadora orbital en la mano—. ¿Y esto qué coño es? —soltó con la cara contraída por el desconcierto.

—¿Un tesoro?

El mago arrojó la lijadora orbital por encima del hombro y chasqueó la lengua.

Álvaro Aparicio

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Trova del mago con ballesta | Primera parte

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Álvaro Aparicio nos trae la primera parte del spin-off del spin-off del spin-off (nunca escrito) de Lo Frágil, en el cual nos maravilla con las desventuras de Ejticulodati, el mago con ballesta que podría tirar misiles arcanos, pero prefiere métodos más prosaicos porque no sabe -o no quiere saber- lo que es el maná. Sin más preambulos, y sabiendo que aquí todos hemos venido a ver cómo mueren criaturas feéricas, procedamos al despiporre:


 TROVA DEL MAGO CON BALLESTA (in the forest)

I

PETÁNDOLO DESDE LOS ALBORES DEL TIEMPO


 El bosque sombras exhalaba,

cuando de la fronda tupida emergió un gritillo.

El mago las ramas pisoteaba,

pero agudo era aquel reclamo de cochinillo.

Ejticulodati en su auxilio acudió

y ante trescientos orcos apareció.

Trova del mago con ballesta, parte I.
Trova del mago con ballesta, parte I (Ilus. Ana Blanco).

 —Ir despejando, venga —voceó el mago mientras disparaba la ballesta con el enemigo huyendo a la desbandada del campamento—. Que esto no es el cajero del bosque, a esnifar pegamento a otra parte.

—¿Pero por qué se nos expulsa? —exigió saber uno que cayó de hinojos al suelo—. ¡Somos miembros feudatarios del reino y merecemos una respuesta legitimada por el chambelán y pregonada por un heraldo plenipotenciario que provenga de…!

—Tú —le señaló Ejticulodati con la ballesta—, ¿qué eres, el empollón de la tribu?

El orco tragó saliva y asintió con la cabeza.

—A ver, monstruito, que al reino no le hace falta que vayáis a votar —le explicó el mago en presencia de unos pocos temerosos—. Volved a la naturaleza, trepad árboles, desarrollad vuestras facultades sociales con el despioje. Nadie os niega el derecho a disfrutar sin complejos de vuestras tres neuronas deficitarias, pero no vengáis con rollos patateros de feudos y catastros porque os pasamos por la piedra. —Y disparó un virote al aire que a la postre impactó en un orco que abandonaba el área de conflicto—. Ale, y ahora a tomar por saco. Quiero un cordón de exclusión de tres kilómetros de radio o esta noche tendremos holocausto orco en todas las portadas.

Ejticulodati, satisfecho, observó a los últimos miembros de la tribu desaparecer en la espesura del bosque. Sin cuestionarse la razón de tal manifiesta cobardía, se dirigió al origen de los chillidos que lo habían apartado del buen camino. Ante la imponente tienda del líder orco, una caja se agitaba desde su interior evidenciando la aciaga coyuntura del prisionero. El mago con ballesta, versado en lo que parece ser y no es, o, dicho de otra forma, en liberar demonios del séptimo círculo juzgando que el olor a quemado era fruto de un posible tumor cerebral, le preguntó al infeliz prisionero qué era, quién era y si tenía tabaco de pipa.

—Tengo —afirmó una vocecilla nasal.

—Entonces seamos amigos —propuso el mago, asestándole a la caja una patada de agárrate y no te menees—. Aunque mejor si sales atontado. La última vez que liberé algo también me aseguró que tenía tabaco de pipa. Resultó que era de liar. Luego se propuso chuparme el cerebro por el sobaco.

—¡Pero yo tengo de pipa! —repuso la vocecilla con desesperación.

—Infame naturaleza —exhaló el mago tras propinarle a la caja un viaje que la desarmó al completo—, ¿un goblin parlante?

El rescatado, que vestía harapos y hedía a fosa séptica, emergió del polvo revuelto con un breve acceso de tos. Estirando los miembros que componían su medio metro de estatura, suspiró profundamente y se señaló con énfasis.

—Oh, sí, forastero, puedo parlar. Me llamo Cacerolo. Salute.

La verdosa criatura hizo una reverencia bien ensayada.

—¿Por qué hueles tan mal, colega?

—Llevo aquí encerrado tres semanas; la caja era un sitio pequeño.

—¿Y el tabaco de pipa huele como tú?

—Creo que sí. —Cacerolo olisqueó la bolsita de cuero que llevaba enganchada al taparrabos—. Sí. —Volvió a olisquearla—. Peor.

Ejticulodati empuñó la ballesta con inquina. Sus ojos resplandecieron como la mica.

—Después de esta decepcionante engañifa —murmuró sombrío—, dame una razón para no hacer contigo lo que iban a hacer los orcos.

—¿El qué —espetó Cacerolo con ingenuidad—, pedir un deseo?

—Meterte en el caldero y hacerte guiso, cabrón insalubre, sé de buena fuente que eres presa natural de los que saqué a patadas de aquí.

—¡Qué insensatez! —exclamó Cacerolo—. Soy el chamán del mayor clan goblin de la zona, y se me ha conferido el poder de conceder un deseo por individuo. El líder de los Orcos Pacíficos sólo me retenía mientras pensaba concienzudamente su deseo. Un perfeccionista, vaya.

—¿Los Orcos Pacíficos? ¿Te refieres a los que…? —Acabó el interrogante señalando el bosque.

El goblin asintió apesadumbrado.

—Almas sensibles, ¿verdad? Da pena espantarlos. Son tan pacíficos que únicamente comen brotes muertos para no atentar contra el ecosistema… Tienen que mudar el campamento constantemente porque las ardillas les cogen la medida. Y el líder, qué dechado de buenas intenciones, venía cada noche a llorar sobre la caja y pedirme disculpas por el secuestro. ¿Qué ha sido de él?

Ejticulodati no pudo evitar exteriorizar su contrariedad.

—No lo sé —carraspeó—, puede que me lo haya cargado.

El goblin guardó silencio y parpadeó contemplando el campamento arrasado, los virotes brotando de los cadáveres sanguinolentos y las tiendas humeando en apocalípticos minaretes de chispa y ceniza.

—Bueno, ¿tienes casa tú o qué? —soltó el mago con brusquedad para evitarse más explicaciones.

—Tengo cueva —respondió pletórico de orgullo el pequeño Cacerolo—. Los chamanes gozamos de un estatus que nos evita la indigencia. Y muebles. Heredados.

—Llévame a tu refugio para descansar y daré tu rescate por pagado. De lo contrario, muere…, o algo —añadió con desgana—. Buf, cómo hueles chaval.

—Vaya un héroe, ¿eh?

—Menos mariconadas, palomo, que tu convivencia con los Orcos Pacíficos te ha saturado de buenas maneras. Conmigo harás una terapia de choque de regreso a la realidad. Arreando —concluyó, dándole una suave patadita en el culete.

Álvaro Aparicio

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Va de píxeles letrados

El coqueteo entre la literatura y los videojuegos se remonta a los primeros pañales de la era digital. El videojuego que busca contar una historia –de verdad, comprometido con su narrativa– ha de manipular intensivamente su componente jugable y engarzarlo de forma que se acople y cobre sentido en la trama… Y esto, lógicamente, requiere una destreza muy literaria. Es así que hallamos en el sector del ocio digital auténticas maravillas como The Cat Lady o Gone Home, títulos muy recomendables que apelan a la narrativa más pura para encandilar al usuario ávido de nuevas experiencias audiovisuales.

Sin embargo, en ocasiones encontramos videojuegos dedicados exclusivamente a reproducir de forma interactiva una obra literaria, siendo cien por ciento fieles o sólo inspirándose en ella. Suena a desafío, y lo es, considerando los diversos resultados que se han producido desde los albores del sector hasta la actualidad, en ocasiones deficientes, fracasando en el aspecto jugable o fracasando también en el aspecto narrativo… Lo que vendría a ser un fracaso total. Pero también hay frutos positivos que vale la pena conocer, al menos como curiosidad.

Vamos allá con algunos ejemplos.

thewheeloftime

La rueda del tiempo de Robert Jordan, esa saga de ochocientos noventa y cuatro libros que jamás he visto completa en ninguna librería, recibió el 31 de octubre de 1999 una adaptación por todo lo alto en ordenadores de la mano de Legend Entertainment. En dicha adaptación primaba la acción y la utilización de la magia como recurso habitual, con unos escenarios medievales de naturaleza fantástica que quitaban el aliento, pero una dificultad irregular y un inglés bastante exigente. Como cabía esperar, puesto que la saga ya era morrocotuda por aquel entonces en términos de cosmogonía, la trama del videojuego no está asociada con el hilo conductor principal de la obra de Jordan. Sin embargo, no cabe duda de que cualquier fan encontrará las referencias suficientes para satisfacer sus exigencias.

Hablamos de un título notable en su apartado técnico, que ya en su momento hacía alarde de un diseño de niveles que procuraba reproducir elementos arquitectónicos a escala, loable esfuerzo que magnificaba la atmósfera que desprendían los escenarios. Su recepción en medios especializados de la época fue favorable, pero quedó rápidamente deglutido por el olvido de los que no tocan el techo del inconsciente gamer. Los fans de Jordan, una minoría insuficiente en el sector –de aquel entonces– como para considerarlos suficiente reclamo comercial, por otro lado tampoco hicieron la fuerza suficiente para que The Whell of Time trascendiera; y a día de hoy es difícil conseguirlo y mas difícil conseguirlo y hacerlo funcionar en condiciones en sistemas actuales, siendo pasto de especuladores en Amazon y Ebay.

Toca esperar a que GOG, plataforma de videojuegos vintage por excelencia, nos dé una sorpresita en este sentido.

callofcthulhu

Desplazándonos a terrenos más tenebrosos encontramos una fantástica adaptación parcial de La sombra de Innsmouth de Lovecraft, una de sus obras “extensas” más emblemáticas; y recalco parcial porque, si bien el título de Headfirst Productions busca la fidelidad atmosférica y lo pintoresco de Innsmouth y sus habitantes, la gamificación de la historia exigía tomar ciertos derroteros para que la acción tuviera sentido. Quizá uno de los momentos más fantásticos es cuando, tras un prefacio jugable, nos adentramos en un pequeño autobús en las entrañas del pueblo. Este momento marca tantos paralelismos y tan conseguidos con el tramo escrito original, que hará las delicias de los más puristas.

El resultado general es un juego en primera persona con fases de puzles y cierto grado de libertad que, a saber por qué, se malogra en un tramo intermedio que tarda en enderezarse. Aun así, no deja de ser una de las mejores experiencias jugables (y relativamente actuales) que encontraremos bajo el sello del oscuro maestro de Providence. Lo preternatural, como no podía ser de otra manera, se introduce en el código del juego y lo convierte en todo un paseo embrujado. Vale la pena abordarlo, tolerarlo y finalmente disfrutarlo. Y si eres tan fan como un servidor de La sombra de Innsmouth, lo vivirás a un siguiente nivel, dado que el factor aventuras en ocasiones consigue apoderarse del convencionalismo de los tiroteos de trámite.

discworld

Y no podíamos hablar de la triunfal relación entre videojuegos y literatura sin pensar en cierto “echicero” de la Universidad Invisible de Ankh-Morpork. Porque Mundodisco de Terry Pratchett ha inspirado una de las aventuras gráficas más representativas del género a mediados de los 90’, alguna secuela y un interesante spin-off llamado Discworld Noir. El conjunto, bien se intuye con atisbar alguna imagen suelta, está plagado de referencias contextuales y del humor absurdo que siempre ha caracterizado a la serie. La trama principal está entroncada de forma un poco vaga en los hechos de ¡Guardias! ¡Guardias!, sustituyendo al memorable Vimes por el icónico Rincewind. Es importante destacar, no obstante, que la valía de esta aventura gráfica subyace mucho más en su calidad como desafío, que en su capacidad de entretener con su historia, lo cual no es malo per sé si el fan de Mundodisco busca complementar su disfrute por la obra de Pratchett más que descubrir toda una nueva historia a la altura de los libros originales.

Si hubiera que buscarle alguna pega al videojuego original, sólo podría ponerle una: su dificultad no apta para despistados. Pero como todo buena aventura gráfica de los noventas, su buque insignia es la dificultad y a ella nos deberemos entre atasco y atasco, o cada vez que levantemos la vista de la guía que tengamos sobre el teclado.

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Corriendo con tijeras

Reconozco que tengo un problema con los géneros. Aplicarle una etiqueta a una obra nunca es malo per sé, pero también es una forma de matar parte de su misterio. De hacer más predecible lo que –en muchas ocasiones– ya es bastante predecible por demérito propio. Es difícil abstraerse de las evidencias: el título, las principales inflexiones argumentales, el nombre del protagonista… Y todo enmarcado por un tema de fondo que encaja a la perfección con un arquetipo preestablecido cual mueble de IKEA. Si abro un libro y lo primero que me encuentro es un mapa, algo en mí empieza a picar. Cuando un escritor se recrea en geografías imposibles, con independencia de que varios –para qué mencionarlos– hayan obtenido el éxito por ese camino, veo un sutil coletazo de merchandising, no literatura. Y aquí finalizo mi ejemplificación de cuán malo es determinar la naturaleza de un libro por elementos supraliterarios, abogando por la experiencia de corte en molde en vez de un Big Bang de la idea raíz. El problema de dicho Big Bang es que, como todas las explosiones –por muy controladas que creas tenerlas–, tiende a la más tormentosa impredecibilidad; y no existe mayor tormento para cualquier mente creadora que la duda permanente de que lo que se está gestando quizá no valga un pimiento. En ocasiones, para qué negarlo, es más cómodo dejarse llevar por ciertos rieles canónicos. Pero aquí debo hacer un alegato a favor del lector, no del escritor, y todo lector ha tenido un inicio.

El mío fue algo tardío.

Reconozco que ahora tengo un problema con los géneros, pero con catorce años todo era nuevo. Las etiquetas eran banderas de países que descubrir y visitar. Aunque al principio me falló la curiosidad, tuve una madre apasionada por la lectura que no tardó en endosarme varias alternativas, la mayoría de ciencia ficción; muchas –vistas en retrospectiva– verdaderamente infumables. Maldito Douglas Niles. Pero lo malo no le resta un ápice de gracia a lo bailado. De cuando los géneros no existían para mí –y para nadie en idénticas circunstancias–, sino el simple acto de leer madrugadas enteras, días tras días, en una butaca vieja, con el frío del invierno colándose por las rendijas de la ventana. Empecé tarde, pero arranqué fuerte.

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The Maker of Universe (1965).

Uno de los primeros autores que acuden a mi mente cuando evoco aquellas noches de insomnio devorador es Philip José Farmer, uno de esos prolíficos juglares que veías por todas las bibliotecas y en todas las librerías, ya sea en forma de colaboración para una antología o a modo de novela, siempre una de tantas. Fallecido a los 91 años el 25 de febrero del 2009 (gracias Wikipedia, ahí van tus dos euros), dejó un legado verdaderamente colosal del que se habla entre poco y nada. Pero este caballero ha dejado una muesca en mi corazón al arrancarme el virgo –más o menos– con The Maker of Universes, una historia ligera como una pluma que se desovilla con la presteza propia de una fuente inagotable de imaginación.

Robert Wolff, el protagonista de la historia, es un hombre en la antesala de la jubilación con un matrimonio exhausto en el asiento del copiloto. Buscando aliviar su tedio con la adquisición de una nueva casa, descubre un portal dimensional que comunica con un paraíso extraño y salvaje en el sótano de una de las muchas que ha visitado. Sin embargo, lo más poderosos es que a través de dicho portal una figura desconcertante lo saluda y le entrega un objeto arcano: el cuerno con el cual podrá reabrir el portal en caso de que decida volver. Y a hurtadillas, con alevosía y nocturnidad, sin conocimiento del vendedor de la inmobiliaria, regresa para escapar de una rutina decadente y un matrimonio contrahecho.

Así comienza a rodar una bola de nieve en donde el único patrón reconocible es el afán de insertar elementos cada vez más fantásticos para impresionar al lector. Esto, lógicamente, sonaría artificial si no fuera porque –al menos a mis catorce años– lo conseguía. Farmer desata su genio describiendo un mundo donde lo feérico se da la mano con figuras más corrientes sin abandonar jamás su tono aventurero, que continuamente oscila entre el peligro mortal y lo inofensivo. Y tras varias páginas en las que Wolff no hará más que entregarse al deleite de su nueva libertad, pronto lo descubriremos embarcado en la gesta de recorrer aquel extraño mundo dividido en mesetas ascendentes, escalada mediante. Como cabía esperar, cada meseta guarda su propia cosmogonía y sus propias situaciones, siempre con el hilo conductor tirando de Wolff hasta alcanzar la fortaleza del delirante hacedor de universos.

Buscando la estética por encima de cualquier idea fraguada, llegamos al final con la sensación de haber leído un libro de viajes en la línea de Paul Theroux con gente en porreta desfilando por ahí al mejor estilo Boris Vallejo. Pero, ¿y lo que mola? Esa diversidad tan incongruente y desacomplejada de atmósferas y hechos ayuda a conseguir lo único que The Maker of Universe pretende: entretener, dejándose la lógica en la guantera. En definitiva, pavimentarle al joven –y no tan joven– lector un camino hacia una búsqueda literaria más personal… O más amable, en cualquier caso, que endosándole La Celestina en 3ero de la ESO.

El segundo autor que acude a mi memoria es Robert Silverberg. Su bibliografía es abrumadora y la calidad de la misma algo más homogénea que la del señor Farmer, al que en ocasiones puede encontrársele curiosas idas de pinza. No obstante, ambos son hijos de una época, de manera que comparten multitud de similitudes en forma y fondo. De hecho, la serie Majipur de Silverberg reúne –aunque en más tomos– las mismas características que The Maker of Universe. Aunque si debiéramos hacer justicia con dicha comparación, quizá valga sacar a relucir el impresionante Riverworld de Farmer, del que se hizo una película para televisión de 4 horas producida por Syfy de calidad más bien infame. Pero centrándonos en Silverberg, y obviando la mención a la serie Majipur –donde un castillo es prolongado hacia los cielos por cada nuevo emperador–, que descubrí tantos años después que lo único virgen que me quedaba era el tímpano derecho, lo que aquí importa es Alas Nocturnas.

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Alas Nocturas (1969).

Ganadora del premio Hugo en el 69, el segundo trofeo de envergadura que Silverberg alzaba para su palmarés personal, Alas Nocturnas constituyó una maduración cualitativa en mi percepción de la literatura. Lo que ocurre no es extraordinario en términos de originalidad –fin de un ciclo tecnocrático futurista, una Europa decadente y el peligro inminente de una invasión extraterrestre–, pero está diseñado con sensibilidad y pausa. No me cabe duda que el pulcro minimalismo de la portada de Nebulae ayudó a fortificar la sensación de que estaba ante algo más “tocho”. Los personajes que desfilaron ante mí perseguían fines tan nobles como los de Farmer, pero en sus actos subyacían emociones que requerían cierto grado de procesado. No tengo claro que Silverberg escribiera Alas Nocturnas para la comprensión de chavalines de catorce años, sin esto significar que la edad sea óbice para su disfrute. Al contrario, ¿puede haber etapa en la que se esté más receptivo? Aún recuerdo a Wuellig, miembro del gremio de los Vigías, empujando su carrito por las afueras de una ciudad cochambrosa mientras Avluela, una especie de Campanilla con interesantes curvas, revoloteaba por encima de las colinas. Wuellig observaba el cielo y aguardaba a que se hiciera la hora ritual de montar el chiringuito para inspeccionar las estrellas. Dado que la idea de la invasión tenía un cariz cuasi profético, los Vigías eran responsables de ser los primeros en dar la señal de alarma, pero nadie sabía con exactitud cuándo ocurriría… O si ocurriría, duda que escamaba al Vigía, que veía su vida transcurrir con la languidez propia del que hace hacia la nada lo correcto. La invasión –por supuesto– se produce y la trama se desprende en una avalancha a cámara lenta. No es vertiginosa, pero desde luego tampoco es solemne, recordando en cierto modo al ritmo de los primeros tres libros de la serie Terramar de Le Guin. Sin extenderme en análisis innecesarios, sólo diré que Alas Nocturnas deja un pozo de sinceridad, misticismo y belleza, confirmando que Silverberg iba totalmente por libre en el momento de su creación y refrendando una vez más su inmortal maestría.

Para ir bajando la persiana –todo lo molón viene de tres en tres, como las trilogías–, pasaremos de las novelas a los relatos. Esto es especialmente peliagudo porque la oferta de obras monumentales dentro de esta categoría es abrumadora. Sería injusto tener que elegir una de un mogollón simultáneo en el tiempo, considerando cosas de la envergadura de Vendrán las lluvias suaves de Bradbury o La verdad sobre el caso Valdemar de Poe, por mencionar dos al azar. Por fortuna, mi memoria de tísico me permite extraer el que marcó para siempre mi deriva como lector y escritor; y es paradójico, porque no soy en absoluto devoto de Clifford D. Simak. Los numerosos intentos que hice para empaparme con su obra resultaron en fracaso. Carente de todo rigor científico, su estilo es ligero, aunque no siempre ameno. Desde luego, esto es una percepción personal y lejos está mi intención de poner en cuestión la calidad de su trabajo. Sólo quería destacar cuán curiosa es mi relación con ese caballero, del que sólo he extraido un pequeño punto de comunión, pero que brilla como mil anillos de boda.

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City (1952).

Deserción forma parte de Ciudad, una recopilación de relatos que pueden ser parcialmente disfrutados de forma aislada, pero que, sin embargo, tienen en común el alzamiento de los perros como civilización dominante tras la caída del hombre. Esto del alzamiento, en realidad, es relativo, puesto que no hacen más que reunirse alrededor del fuego para contarse las historias que dan lugar a la recopilación –tratando a la humanidad como un elemento casi mitológico–, pero os hacéis una idea. Deserción, con su naturaleza de leyenda, tiene lugar en la superficie de Júpiter siglos atrás, en unas avanzadas instalaciones humanas cuyo único propósito era desentrañar la habitabilidad de la atmósfera del gigante gaseoso. Y aunque suene a barrabasada, siempre se ha barajado la hipótesis de que Júpiter cuenta con un núcleo rocoso varias veces más macizo que la Tierra. Claro que, considerando las dimensiones del pedo joviano, alcanzarlo representa –de momento– un imposible; en cualquier caso, en lo tocante a Simak, se acepta barco.

Encerrados en cúpulas para protegerse de vientos de 370 km/h y otras animaladas, científicos y militares en plena conquista del espacio buscan descifrar las condiciones meteorológicas de Júpiter para adaptarlas al organismo humano y así agostar los recursos del sector. El nexo para conseguirlo son unas –aparentemente– primitivas formas de vidas que toleran la presión atmosférica llamadas Galopadores. ¿La forma? Reconstruir genéticamente a los expedicionarios enviados a entender los mecanismos naturales del planeta…, reconstrucción que implica, entre otras cosas, hacerles adoptar la forma física de dichas criaturas. Y suena jodidamente curioso. Pero lo que más escama a Fowler, veterano jefe del proyecto, es que ningún expedicionario ha regresado. Salen transformados de las cúpulas y no se les vuelve a ver el pelo. Así pues, harto de enviar subordinados a la incertidumbre –o la muerte; no descartaba la posibilidad de que allá fuera los Galopadores sufrieran el acecho de algún predador natural–, Fowler decide embarcarse en la transformación y exploración del planeta. Pero en tan noble decisión encontramos un fleco algo más singular: Towser, su viejo y adolorido perro pulgoso, lo acompañará.

—¡Su propio perro! Ha estado con usted todos estos años…

—Ese es el asunto —dijo Fowler—. Towser se sentiría muy desdichado si me fuera sin él.

Guiado como lector a través de una situación aparentemente cómica y tierna, aparecí de rodillas ante un punto de inflexión poderoso e inolvidable. Simak combina la violencia descomunal de la superficie joviana con la belleza inenarrable que Fowler y Towser perciben a través de sus nuevas existencias como Galopadores. Ambos viejos, ambos deprimidos por el fracaso y el encierro, recibirán unos dones magníficos, impensados en unas criaturas tan elementales. Los límites de sus viejas existencias desaparecen y las tempestades gaseosas se transforman en cortinas de colores que los deslumbran. Asimismo el bienestar físico es absoluto, desapareciendo en ambos los achaques de la edad. Y por si fuera poco, sus propias mentes se expanden hasta lo insospechado, adquiriendo una claridad total –lo que le permite a Towser racionalizar casi al instante la “fórmula” con la que el hombre podría moverse libremente por Júpiter–, y apareciendo la posibilidad de comunicarse entre sí telepáticamente. De esta guisa, Simak erige un diálogo entre Towser y Fowler, humano y perro en igualdad de condiciones, donde los cotidianos actos domésticos del pasado tendrán un protagonismo esencial mientras la cúpula queda atrás.

Entonces comienzan los dilemas, la sensación de que existe un futuro diferente, que vale la pena recorrer…, y comprenden por qué nadie ha vuelto.

—No puedo regresar —dijo Towser.

—Ni yo –dijo Fowler.

—Volverían a convertirme en perro —dijo Towser.

—Y a mí —dijo Fowler— en hombre.

La literatura es un romance que crece con el tiempo y empieza por alguna parte; y éste de aquí, ha sido mi principio. Pero como no me gustan los finales solemnes, visualizadme partiéndome el culo mientras corro con tijeras.

Gracias por venir.

Lo Frágil