Alzando el sombrero hacia Pratchett

Para el Maestro, homenaje a Terry Pratchett

A Terry Pratchett llevaba bastante tiempo persiguiéndole un jinete inmisericorde, cubierto con una capucha oscura, apoyando la guadaña en su hombro, indolente. Por lejos que pareciera encontrarse en ocasiones, su sombra nunca dejaba de rozar a aquel hombre de rostro afable y mirada acerada, cuyos labios, recuerda Neil Gaiman, eran más propensos a torcerse en una mueca de desdén que en una sonrisa mientras observaba a sus semejantes.

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Heredero del Invierno, la épica de la revelación

libro electrónico Heredero del Invierno, de Mariela González

Acabo de terminar Heredero del invierno, aún tengo el libro abierto, y creo que he salido de él como quien sale de un reencuentro con viejos amigos. Cada libro tiene su voz, su mensaje. Unos te educan, otros te movilizan. Con unos puedes jugar (hola, Perec), con otros solo indignarte (perdona, Thomas Bernhard, no volveré a leerte). Heredero del invierno está hecho de otro material. Si lo lees en tu juventud, te enamorarás de él. Si lo haces de mayor, recordarás por qué te cautivaron este tipo de novelas. En cierta manera, recuperarás el tiempo perdido.

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Literatura fantástica y juvenil: nuevas perspectivas

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La literatura juvenil presenta, según mi percepción, una notable evolución desde hace varios años. Cada vez son más autores los que conozco que se animan a escribir para lectores jóvenes, cosechando así una gran cantidad de géneros y estilos distintos, y una excelente calidad literaria. He sido consciente de este fenómeno igualmente en el panorama nacional, donde aparecen nuevas remesas de escritores jóvenes cada vez más frecuentemente, con mayor o menor experiencia, haciendo sus incursiones y enriqueciendo el género fantástico actual.

Estas nuevas remesas de escritores están revolucionando no sólo las redes sociales, donde se hacen eco de sus publicaciones y muestran una cercanía envidiable con su público (que por desgracia, creo que es una cualidad poco atribuible a otros autores más consagrados), sino la forma de hacer una literatura que sea crítica con la realidad. Todo esto sin dejar de lado elementos propios del género fantástico y mucho menos, sin resultar inaccesibles a todo aquel que quiera disfrutar de sus historias, al menos desde mi punto de vista. Entre estos nuevos autores, por tanto, cabe destacar el trabajo de dos jovencísimas escritoras que han encandilado a centenas de lectores, pese a sus pocas publicaciones hasta la fecha: Iria G. Parente (1993) y Selene M. Pascual (1989).

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Selene, Uka e Iria durante la presentación de Sueños de Piedra.

Desde que ambas autopublicaran su primera novela Pétalos de papel (2011), han conseguido ganarse un puesto muy destacado con otros dos libros, escritos también a cuatro manos, desarrolladas en escenarios extraídos directamente de su imaginación. El pasado 2014 se publicó Alianzas, primera parte de una trilogía titulada Cuentos de la luna llena, donde las intrigas políticas y palaciegas se mezclan con la magia, las hadas y un elenco de personajes muy acertado y carismático. Su última novela, publicada el pasado mes de septiembre, es una historia independiente ambientada en el mismo universo que Alianzas. Su título, Sueños de piedra, esconde no sólo las aventuras de tres individuos completamente opuestos y con un oscuro pasado, al que tendrán que enfrentarse en numerosas ocasiones, sino también una importante crítica a la sociedad actual, todo camuflado en una historia fantástica donde criaturas de los cuentos clásicos también tienen su papel.

Ellas son el principal ejemplo de que la literatura fantástica, en cualquiera de sus manifestaciones, no genera un tipo de libro apto sólo para evadirse, sino que también puede servir como vía para la reflexión, la crítica y la rotura de convencionalismos muy arraigados. Esto me sirvió como punto de partida para plantearles dos preguntas. La primera de ellas, en lo referente a qué temas les gustaría tratar en el futuro, responden con total sinceridad que no se van a cerrar a nada. Y hacen la siguiente declaración: “En Sueños de Piedra hemos hablado de machismo, trata de blancas, prostitución y violencia de género, porque en ese momento quisimos hablar de ello; en nuestro próximo proyecto tratamos distintas sexualidades, porque también nos apetecía… Supongo que en cada proyecto hablaremos de aquello que nos apetezca hablar, o de aquello que la historia pida. Lo importante es no cerrarse o limitarse a uno mismo”.

En cuanto a la segunda pregunta que les planteo, sobre qué es lo que ellas creen que aportan, especialmente en libros juveniles, me responden humildemente, y además me sorprenden con una respuesta tan directa como la siguiente: “Lo que sí hemos notado ahora con la publicación de Sueños de Piedra es que los jóvenes están hartos de que les traten como tontos: quieren leer sobre cosas reales (incluso si es un marco fantástico, como hacemos nosotras), quieren que les hagan pensar, quieren debatir, quieren preocuparse de la realidad y que los libros les ayuden a ello, y sobre todo no quieren que les consideren “inferiores” o “incapaces” de leer o comprender ciertas cosas. Creemos que nosotras escribimos, o intentamos escribir, sabiendo que el joven puede hablar, leer y pensar de todo como cualquier adulto, y eso lo agradecen”.

Así pues, queda patente que la confluencia de dos elementos a menudo desprestigiados entre ciertos colectivos, como puede ser la literatura fantástica (a menudo considerada sólo apta para frikis) y la literatura juvenil (muchas veces catalogada como “literatura basura”), no sólo llegan a generar interesantes lecturas en las que se tratan muchos y diversos temas. Sino que además, se está desarrollando una corriente de escritores de calidad, sin más pretensiones que las de llegar a los lectores de cualquier edad, a través de historias no sólo mágicas y embaucadoras, sino haciéndoles conscientes de la realidad y tratándolos con el debido respeto.

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The Iceberg Timefold: When freedom is the punishment

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(translated by Samuel Fiunte)

We hear “golden age science fiction” mentioned often as the basis for a contemporary work, and right after come the overused galactic scenarios with heroes in shiny exosqueletons and plasma rifle at hand; and spaceships and rays and… supossedly a pure black and white innocence. Supposedly.

Of course any science fiction fan will frown in front of such poor definition. Because the timelessness lies behind the dressing. Part of the ethic dilemma, the instrospection and the constant swinging between good and evil lies in the fact that it doesn’t just questions and puts the fictional characters against the ropes but us as well. And if this is achieved successfully it is not strange that the scenery becomes the McGuffin (the other way around as what happens in other genres, and this is the hardest thing to grasp for those blinded, positively or negatively, by the fireworks and speculation). The ambiguety in certain areas of the setting in thus perfectly justified, adding and not taking away from our experience. Because the important thing is, of course, that we feel that it all can happen, in every time, to every person.

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The Iceberg Timefold – Miguel Gamez

The Iceberg Timefold by Miguel Gamez knows this lesson well. It’s a novel written with the accuracy of a marksman: although short in lenght, it is impossible to find any fracture or narrative crack where to sink our teeth and doubts or scepticism. Everything is precisely measured, maybe thanks in part to skills adquired in the advertisement world. A world in which Miguel has been many years. The messages are crystal clear from the get go, and far from trying to be a tirade of selfrighteous statements (a mistake that is very often commited in science fiction) they link together and enrichen each other.

The crown jewel of the whole structure is the always current and unconfortable idea of freedom limitations. How much should we allow the control organisms to decide (by using The Objectivity) to punish a person by restricting its autonomy? Where are the limits to that? And above all, and accepting there are tones of grey in the search for good and order, who marks those boundaries? Because in the case of Fergus Kerapan, one of the lead characters and the one who bring us into the fictional world, his conviction for fraud (which is enforced via a graphene armor that restricts his autonomy) is softened once his former company decides that it needs him at work once again. The Megacorps presence is another of the genre tropes that holds The Iceberg Timefold together: it is hard to grimpse where the long tendrils of the corporations end, how much of Everything is supervised and controlled by them. It is disturbing, as it was 40 years ago, to find so many similitudes between this and our own reality.

Once we’re thrown into The Iceberg Timefold world, thanks to the clues of a near future that is much more technologically advanced, the attention sways over to that other liberty that is so often bundled together with the physical freedom: The psychological one. Without unveiling much about it I’ll say that the mind of another of the lead characters, Lazarus Davids, is suddenly optimized beyond the human reach.

Freed at once from physical and mental boundaries, and without emotional ties or a perception of his surrounding world shaped by countless external views, Lazarus nearly becomes a human computer. From that twist onwards (yes, it’s just 100 pages but they allow for well sketched twists), his life becomes an obsession to design the perfect plan to reach his zenith and leave behind his human nature entirely. But there is still a pending emotion that guides his movements: The payback mixed with a glint of desire to humiliate those he considers inferior to him. Without that tiny tasty bit his plan wouldn’t be complete.

So there is the Daemon, the ghost in the machine. The small remain of that maybe, just maybe will end up turning up against him that void he craves.

If we would like to label The Iceberg Timefold, we could use “Hard science fiction” instead of “classic science fiction” without much hesitation: there is plenty of technical jargon from different sources in a raw and direct way. That is used as another tool to create and glue the setting. Miguel Gámez teaches us something we already knew but that it’s always cool to remember and feel when we’re reading: the fact that technology and emotions dance together, in our world or on a made up one. It is a constant, unbreakable and risky dance.

El Ministerio del Tiempo, nuevos aires en la ficción española

España ha sido cuna de grandes odas a la fantasía. Nada que sorprenda en un país que en su día fue capaz de recibir sobrenombres tan hermosos como el de “el imperio donde no se pone el sol”. El realismo, que no la realidad, terminó por ganarle la mano al género fantástico en la producción artística, al menos de cara a la galería. La inyección de pesimismo y derrotismo recibida un siglo tras otro tiñó el espíritu del artista de amargura, y relegó a un segundo plano todo lo que pudiera identificarse con escapismo vacuo. El consabido argumento, tantas veces erróneo, que se limita a mirar el colorido de la alfombra en vez de levantarla; que obvia las capas, los referentes y el valor crítico de ese distanciamiento al que Brecht convertiría en un recurso literario con entidad propia.

El género fantástico en España ha recorrido un camino difícil pero se ha mantenido tenaz, evolucionando en su nicho y liberándose poco a poco de prejuicios internos. Los seudónimos anglosajones que muchos autores tuvieron que asumir como una “máscara” de calidad son ya cosa del pasado; ahora, los nombres patrios se enarbolan con orgullo. Y lo más interesante, claro, es que haya creadores que se muevan entre “fronteras”, mostrando que el fantástico, en el fondo, no es cosa de normas o etiquetas sino de perspectivas. En esta idea podemos encontrar claramente una de las motivaciones de los hermanos Olivares, Pablo y Javier, guionistas, a la hora de imaginar El Ministerio del Tiempo, serie que emite TVE los lunes a las 22:00. Ambos venían de crear ficciones de época con notable éxito, ¿por qué no atreverse, se dijeron, con una historia que fuera de todas las épocas?

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Una frase que sintetiza de manera acertada y preciosa el concepto del viaje en el tiempo. Un subgénero moldeable, quizás el que más dentro del fantástico, que funciona perfectamente (si cae en las manos adecuadas) tanto desde la complejidad que nos retuerce la mente como desde la sencillez y el sentido de la maravilla. Este último ha sido el enfoque escogido en El Ministerio del Tiempo, con un criterio impecable teniendo en cuenta las características de la cadena en que se emite. Prueba de ello es que no sólo los consumidores ávidos de ciencia ficción han recibido con entusiasmo el estreno de la serie sino también el público más casual, que ha demostrado mayor interés que recelo ante una historia de estilo tan poco frecuente en nuestra ficción.

El sentido de la maravilla es la clave. El Ministerio del Tiempo es una institución del gobierno que vela por mantener la estabilidad en nuestra línea temporal, por preservar la historia tal como la conocemos. Para ello se vale de una red de puertas que conectan con puntos del pasado, en los que se sitúan funcionarios que sirven de enlace con las llamadas Patrullas del Tiempo. No nos importa especialmente cómo funcionan estas puertas más allá de la explicación somera que recibe uno de los protagonistas, Julián, en el primer capítulo (seguro que más de uno tiene un déja vu de su primer día de trabajo). No hace falta, como tampoco eran relevantes para la dinámica de la serie los entresijos cuánticos en A través del tiempo (Quantum Leap en el original). Los hermanos Olivares no la citan como referente directo, pero la conexión es bastante notoria: en ambas series lo fundamental es mantener la historia tal como la conocemos, aunque en el caso de A través del tiempo el doctor Samuel Beckett buscaba, además de la innovación tecnológica, el altruismo. En el Ministerio, quien mueve los hilos es un enlace del gobierno, así que éste es quien decide las misiones en las que se embarcan las patrullas. Es decir, cuál será en última instancia, el currículum histórico oficial de nuestro país mediante la intervención o no en esos bugs temporales. Nos suena de algo, ¿verdad? Se trata de un tratamiento metadiscursivo que cimenta la narrativa de la serie, bebiendo de una paradoja sutil (¿estamos asistiendo a la reescritura de nuestra historia… o a la escritura?); muy interesante para nosotros, sí, pero con ciertos problemas morales añadidos para los protagonistas.

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Julian, Amelia y Alonso de Entrerríos.

Y es que ser parte de una Patrulla del Tiempo no parece cosa sencilla. Los protagonistas (Julián, un enfermero del siglo XXI, Amelia, una de las primeras mujeres universitarias del XIX, y Alonso, un soldado de los Tercios del siglo XVI) pronto se darán cuenta de que el remordimiento será más poderoso que el sentimiento heroico durante sus misiones. No es un trabajo que pueda realizarse desde el desapego y la distancia: los condicionantes emocionales y los propios lazos personales se interpondrán, directa o indirectamente. La paradoja, así, se revela en una doble vertiente, como parte del contexto y como ironía amarga subyacente en cada momento. ¿Para quién se preserva esa historia? ¿Hasta qué punto es posible la objetividad, el moverse entre cuadros blancos y negros, en un trabajo así? Elementos de ese realismo enquistado en nuestra tradición que se filtran también en la producción fantástica, demostrando, como decíamos al principio, que las barreras entre géneros son son convenciones sin sentido.

Por el momento hemos visto capítulos autoconclusivos, divertidas historias en las que personajes fundamentales de nuestro acervo cultural cobran vida; dejan de ser nombres en un libro para convertirse en personas reales, con sus claros y sombras. Es de suponer que a lo largo de la temporada, de momento de ocho capítulos, veremos el desarrollo de algunas tramas de fondo que se han insinuado hasta ahora, y que se nos planteará lo que puede dar de sí esa cara oculta del Ministerio y su sistema. Algunos funcionarios puede que tengan sus propias motivaciones para hacer uso de las puertas… y posiblemente nos encontremos a los némesis de nuestros protagonistas, como Sam Beckett tenía a su evil leaper.

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Javier Olivares.

Para concluir, os dejamos con un invitado de excepción: hemos tenido el placer de charlar con Javier Olivares, quien nos ha desarrollado algunas de las claves de la serie, e incluso pequeñas pinceladas de lo que está por venir. ¡Muchísimas gracias de nuevo, Javier!

Javier Olivares: El público está abierto a cualquier tratamiento mientras esté bien hecho y exponga emociones que pueda sentir como propias.

En diferentes entrevistas te hemos escuchado  hablar de los referentes de la serie en cine y televisión: las más evidentes, El túnel del tiempo y Torchwood. Pero, ya en el terreno literario, ¿cuáles han sido las influencias principales? Además de Las puertas de Anubis, cuya lectura citas como punto clave para que Pablo y tú comenzarais a idear El Ministerio del Tiempo, ¿qué otras obras os ayudaron a configurar la idea o las bases del entorno?

Wells siempre está presente. Como Asimov (El fin de la eternidad). A mí, en particular, siempre me ha llamado la atención  En algún lugar del tiempo (Richard Matheson) -de la que se hizo una buena película, por cierto-, Un yanqui en la corte del Rey Arturo (de Twain), los juegos realidad-fantasía de Philip K. Dick, Stephen King y su 22/11/63… Pero Las puertas de Anubis para mí destaca por encima de todas, junto a Un soldado español de veinte siglos de Gómez de Arteche.

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Y con respecto a los autores y la iconografía fantástica española, ¿veremos más referencias y guiños, como la inmensa escalera que remite a La torre de los siete jorobados? Es casi obligado preguntarte por El Anacronópete, de Enrique Gaspar. Personalmente eché en falta alguna mención en el primer capítulo. ¿Lo veremos homenajeado de algún modo?

De momento, no. Lo conocíamos, pero no hay ninguna referencia. La verdad es que creo que hay suficientes. Más paralizarían la frescura del guión. Y hay que pensar que las referencias esenciales son las que puedan tener los personajes protagonistas. Amelia es la más culta, pero muchas de estas obras no son plenamente (o nada) conocidas en su época. Y Julián es un tipo de Carabanchel, cuyas referencias son más populares (Terminator, Indiana Jones, Atrapado en el tiempo…) y más relacionadas con el cine, la música o la televisión. Y los que hablan son ellos, por mucho que nosotros escribamos sus diálogos.

Si pudieras elegir a algún escritor del fantástico, o algunos, para que escribieran un capítulo de El Ministerio del Tiempo, ¿cuáles serían los nombres?

Tim Powers y Stephen King.

Me parece toda una lección que tú mismo hayas calificado a El Ministerio del Tiempo más como “una historia fantástica” que como ciencia ficción. Sin embargo, yo casi me atrevería a considerarla “retrofuturista”, teniendo en cuenta que la tecnología avanzada que llevan los funcionarios al pasado sirve para alterarlo en mayor o menor medida (aunque sea de forma oculta). Sin caer en etiquetas, en todo caso, ¿te gustaría explorar otras parcelas del género fantástico en la serie en un futuro? Steampunk, ciencia ficción un tanto más hard, universos paralelos… ¿Crees que el público sería receptivo a esta clase de tratamientos, que tanto escasean en nuestra ficción?

Hay ciertos elementos steampunk (como el propio logo del Ministerio). la ciencia ficción hard es lo contrario de El Ministerio del Tiempo. Nada que ver con ella.  Creo que el público está abierto a cualquier tratamiento mientras esté bien hecho y exponga emociones que pueda sentir como propias. Hay un término british (“telefantasy”) que creo que se ciñe muy bien a lo que hacemos.

En otra entrevista, mencionas que a la hora de plantear la estructura narrativa de la serie vuestro modelo fue la BBC, así como el estilo imperante en el norte de Europa (citando la fantástica Bröen). Me parece realmente interesante esta perspectiva, sobre todo teniendo en cuenta que los estándares de calidad, para mucha gente, se reducen a la HBO y poco más. ¿Crees que se ha configurado ya una corriente narrativa propia en la ficción audiovisual europea? ¿Cuáles serían, a tu juicio, sus características?

Creo que la buena ficción europea compite sin problemas (y a veces es superior) con cualquier otra, sobre todo la americana.  Series como Bröen, Folbrydelsen, En Pilgrims Död, Les revenants, Engranages, Line of Duty, Happy Valley (y muchas que podría citar) no tienen nada que envidiar a nadie. Hay un ejemplo claro en series bélicas. Salvando la excepcional Bang of Brothers, series como Occupation o Warriors le dan mil vueltas a Generation Killer, por ejemplo.

Aparte de la calidad de sus propuestas, hay algo de conexión con lo real, con lo social, con explicar cómo es el mundo que vivimos que me llama especialmente la atención. No tiene miedo a mostrar la realidad, que se convierte en una capa narrativa paralela al género que traten.

Y, teniendo en cuenta nuestra historia y nuestra tradición, ¿qué crees que podría (o debería) aportar España a ella?

Yo, en España veo una ficción muy bien hecha y muy bien producida. Pero que, en general, y por criterios comerciales que entiendo perfectamente, procura no sobresaltar demasiado a sus espectadores. Pero el problema no son las grandes cadenas ni se les puede criticar nada. Hay otros factores que no son de su responsabilidad. Como la caída de TVE en audiencias tras la pérdida de medios propios como la publicidad. Una televisión pública es el motor necesario en  ficción. También se echa de menos la falta de un canal de pago que produzca series (he echado mucho de menos más Crematorios, por ejemplo). Por eso me ilusiona  la vía que se abre con  Refugees por parte de Atresmedia. Creo que Cuatro y la Sexta podrían ser buenos espacios para hacer proyectos de más riesgo que no tengan las audiencias masivas como objetivo. Porque es la mejor manera de avanzar. Confío también que Movistar dé el paso que ha prometido en cuanto a producir series. Hace falta un tercer y hasta un cuarto cliente al que le puedas presentar proyectos para abrir más el abanico. Ésa es la clave de todo: el problema no es lo que hay. Es lo que falta.

elministeriodeltiempo_4Hablemos de los personajes de la serie, y no sólo de los principales. Hay un halo de desarraigo que flota en torno a todos ellos: desde los protagonistas, cada uno arrancado a su manera de su zona de confort, hasta esos secundarios que vienen de otros tiempos y no terminan de asentarse. El Ministerio funciona casi como un “universo de bolsillo” para ellos, un microcosmos protector. Esa sensación de desarraigo, ¿entronca de algún modo con la que vivimos en España en la actualidad, en este momento en que la emigración se dispara? Además de este detalle (que a lo mejor sólo es percepción mía), ¿hay algún otro aspecto sociológico actual que hayáis querido reflejar?

Lo de la emigración, no. Pero sin duda, en El Ministerio del Tiempo hay un desarraigo y un drama personal muy fuerte. Pero la ironía y el sentido del humor hacen que eso se remarque y sea más entretenido… pero ésa es la clave de la serie, que es bastante adulta en ese aspecto. También hay una visión un tanto amarga del concepto de patria. Pero planteada de forma muy berlanguiana. Pero creo que lo de “qué buen vasallo si tuviese un buen señor” es un lema que tendría que venir en el escudo de nuestro país con todas las letras.  Antes y ahora.

¿Qué otro trío de personajes, reales o ficticios, te gustaría convertir en una Patrulla del Tiempo?

Un policía republicano en los últimos años de la Guerra Civil antes de que Madrid cayera. Una Bella Otero… Nos llegamos a plantear que el padre de Amelia fuera un funcionario de El Ministerio de su época… Un alumno de Ramón y Cajal… Un mago… Nos gustan personajes anónimos más que personajes históricos. Nos permiten crear más historias a su alrededor y respetar la Historia. Aunque el propio Enrique Gaspar sería un buen fichaje, la verdad. ¡Hay tantas posibilidades!

Gran parte del público que se ha volcado con El Ministerio del Tiempo seguro que acogería con el mismo entusiasmo productos derivados. Ya hemos visto fanfics, fanarts, hojas de personaje de juegos de rol… surgidos de manera espontánea (algo que debe de ser toda una inyección de ánimo). Si la serie se asienta lo suficiente, ¿os planteáis expandir su universo a otros medios? Novelas, cómics, juegos… ¿Qué te gustaría ver?

Estoy emocionado con toda esa repercusión. Demuestra que esta serie tiene un público. Y un público muy especial que probablemente no se había enamorado de esta manera nunca de una serie española. Estoy orgulloso de conseguir que Lope de Vega, El Empecinado… cuadrupliquen sus entradas en la Wikipedia o sean TT en Twitter. Ahora falta que eso se note en la audiencia que se mide tradicionalmente y nos concedan la posibilidad de seguir. Hasta que eso ocurra, mejor no pensar en lo que me gustaría ver o no. Da mal fario. Aunque sí te aviso de que tengo una oferta para convertir esta idea en novelas con historias nuevas siga o no la serie. En ese caso, parte de mis derechos los destinaría a Fundela, asociación que ayuda a los enfermos de ELA, la enfermedad que se llevó a mi hermano Pablo. De él fue la idea y no encontraría mejor manera de agradecérselo.

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Doctor Who y sus historias navideñas

Si hay una época del año que genere controversia es la Navidad. Cualquiera que pase al menos cinco minutos en las redes sociales en estos días estará de acuerdo. Mirando un poco más allá de los argumentos encendidos, no se trata sólo de debatir sobre hipocresías, regalos y consumismo; la Navidad hace aflorar reflexiones de todo tipo sobre la condición humana. Reflexiones que, por supuesto, no pasan desapercibidas a los contadores de historias, ni al género de la ciencia ficción que tanto se nutre de ellas.

Santa Claus (versión Doctor Who).
Santa Claus (versión Doctor Who).

Y si hay una serie de ciencia ficción que tiene una especial vinculación con la Navidad es sin duda Doctor Who. Hoy vamos a mirar un poco más allá de la literatura, pero tampoco nos vamos demasiado lejos: Doctor Who, aunque naciera en el mundo de la televisión, se ha expandido a multitud de formatos diferentes, desde el cómic hasta las novelas o los audio-books, creando con todo ello un inmenso tapiz en el que todo (o casi todo), por increíble que parezca y por muchas manos que hayan tejido en él, está conectado.

ATENCIÓN: este post contiene algún que otro spoiler light del último especial de Navidad, Last Christmas.

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La felicidad en el mundo binario: El fin de los sueños, de Campbell y Cotrina

Los escritores que publican libros a cuatro manos son una especie rara en nuestro país. Miro mis estanterías: ahí están los hermanos Strugatsky, artífices de joyas como Qué difícil es ser Dios, o el relato que dio origen a Stalker, una de mis películas de cabecera. O los autores de la mota en el ojo de Dios, Larry Niven y Jerry Pournelle. También Philip K. Dick, que al final de su carrera escribió Dies Irae junto a Roger Zelazny. No recuerdo casos parecidos en nuestro país, aunque seguro que lo hay. En todo caso ningun ha llegado a mi biblioteca hasta que Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina presentaron en el festival Celsius 232 El fin de los sueños.

Gabriella Campbell ha publicado dos libros de poemas. Cotrina es una de las grandes voces de la fantasía juvenil de aquí y de fuera, y su talento e imaginación volverían a J.K. Rowling verde de envidia. Ignoro si Campbell habrá aportado su experiencia poética al aire onírico y sugerente de esta novela, o si Cotrina se habrá encargado de esos personajes inseguros, huérfanos y pequeñitos que tan bien se le han dado en obras como la excelente trilogía de El ciclo de la luna roja. Sí se que han logrado una obra formidable, original y bien armada.

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El Fin de los Sueños

“El fin de los sueños” habla de un estado que sobrevive a un apocalipsis digital. La sociedad parece conformada según las reglas de los protocolos informáticos, en una revisión moderna de las distopías del cyberpunk. Ahora los niños programan desde la cuna, y sus vidas parecen codificadas con la misma uniformidad de los unos y ceros con que regulan sus ciclos de descanso.

En una curiosa vuelta de tuerca que el propio Dick hubiera aplaudido, los personajes de “El fin de los sueños” duermen en breves períodos y sueñan con historias diseñadas de antemano. Algunos lo llevan bien, otros se resignan, los más infelices se vuelven adictos a esa confección a medida de las fantasías. Los ciudadanos pueden dedicar el resto del tiempo a otras cosas, yo intuyo que a trabajar o a perderse en placeres de consumo donde no haga falta usar la imaginación, en una especie de giro cruel y extremo del capitalismo.

“Levántate y piensa”, parecen decirnos Campbell y Cotrina según pasamos las páginas, “o al menos, levántate e imagina, y disfruta de la vida”. Sus personajes pugnan por encontrar algo real y natural en su universo ceniciento. Algo que escape de los semáforos y guardas de tráfico que ordenan su existencia en una trama de blancos y negros.

Muchos llevan en su nombre la marca de la tragedia. El joven Ismael lo comparte con el protagonista de Moby Dick. Isaac, su padre, me hace pensar en la brutal anécdota bíblica del sacrificio paternal. Aparte de la madre de Anna sólo conozco otra Cordelia, la de la épica tragedia familiar de Shakespeare, El Rey Lear. Terribles referencias, aunque todas ellas guardan el germen de la lucha, de la revolución en su onomástica.

Y de revoluciones va El fin de los sueños, una historia que parece llegar a nuestro país en el momento adecuado. Son grandes palabras: tragedia, revolución, alienación. Pero Campbell y Cotrina saben que lo que nos mueve son los pequeños detalles, y que en el fondo las personas solo ansiamos redención, paz y amor.

Al contrario que en muchas películas y libros de vistosos efectos especiales, los dos autores cambian los fuegos artificiales por esa belleza de los pequeños detalles. Hacía mucho tiempo que un simple beso no se arropaba de tanto significado y disparaba el deseo de aventura, de conocimiento.

Y es que la misteriosa dama en apuros que llama al rescate a los modernos caballeros que protagonizan el libro remueve todo un magma subconsciente, tanto de los chicos como de nosotros, lectores atrapados por su candor. Parece claro que se trata de la víctima de una poderosa entidad, pero también resulta extraña cuando se aparece, maleable, dúctil, como una respuesta a los sueños más profundos de cada uno.

Difícil no pensar en las teorías platónicas y el mito de la caverna. El ideal platónico dibujado en un sueño de píxeles y escrito en código informático. Cuando recuerdo a la misteriosa niña, siempre tarareo mentalmente aquella canción de los Pixies:

Is she weird,

is she white,

is she promised to the night?

And her head has no room…

El fin de los sueños se puede ver como una emocionante y algo siniestra revisión del cuento de la Cenicienta, pero también es mucho más. Y después de su intenso clímax, los autores, que ya habrán satisfecho nuestro deseo de acción, volverán a regalarnos otros pequeños detalles que hablan de cómo construimos nuestra felicidad más allá del mundo binario.

Corriendo con tijeras

Reconozco que tengo un problema con los géneros. Aplicarle una etiqueta a una obra nunca es malo per sé, pero también es una forma de matar parte de su misterio. De hacer más predecible lo que –en muchas ocasiones– ya es bastante predecible por demérito propio. Es difícil abstraerse de las evidencias: el título, las principales inflexiones argumentales, el nombre del protagonista… Y todo enmarcado por un tema de fondo que encaja a la perfección con un arquetipo preestablecido cual mueble de IKEA. Si abro un libro y lo primero que me encuentro es un mapa, algo en mí empieza a picar. Cuando un escritor se recrea en geografías imposibles, con independencia de que varios –para qué mencionarlos– hayan obtenido el éxito por ese camino, veo un sutil coletazo de merchandising, no literatura. Y aquí finalizo mi ejemplificación de cuán malo es determinar la naturaleza de un libro por elementos supraliterarios, abogando por la experiencia de corte en molde en vez de un Big Bang de la idea raíz. El problema de dicho Big Bang es que, como todas las explosiones –por muy controladas que creas tenerlas–, tiende a la más tormentosa impredecibilidad; y no existe mayor tormento para cualquier mente creadora que la duda permanente de que lo que se está gestando quizá no valga un pimiento. En ocasiones, para qué negarlo, es más cómodo dejarse llevar por ciertos rieles canónicos. Pero aquí debo hacer un alegato a favor del lector, no del escritor, y todo lector ha tenido un inicio.

El mío fue algo tardío.

Reconozco que ahora tengo un problema con los géneros, pero con catorce años todo era nuevo. Las etiquetas eran banderas de países que descubrir y visitar. Aunque al principio me falló la curiosidad, tuve una madre apasionada por la lectura que no tardó en endosarme varias alternativas, la mayoría de ciencia ficción; muchas –vistas en retrospectiva– verdaderamente infumables. Maldito Douglas Niles. Pero lo malo no le resta un ápice de gracia a lo bailado. De cuando los géneros no existían para mí –y para nadie en idénticas circunstancias–, sino el simple acto de leer madrugadas enteras, días tras días, en una butaca vieja, con el frío del invierno colándose por las rendijas de la ventana. Empecé tarde, pero arranqué fuerte.

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The Maker of Universe (1965).

Uno de los primeros autores que acuden a mi mente cuando evoco aquellas noches de insomnio devorador es Philip José Farmer, uno de esos prolíficos juglares que veías por todas las bibliotecas y en todas las librerías, ya sea en forma de colaboración para una antología o a modo de novela, siempre una de tantas. Fallecido a los 91 años el 25 de febrero del 2009 (gracias Wikipedia, ahí van tus dos euros), dejó un legado verdaderamente colosal del que se habla entre poco y nada. Pero este caballero ha dejado una muesca en mi corazón al arrancarme el virgo –más o menos– con The Maker of Universes, una historia ligera como una pluma que se desovilla con la presteza propia de una fuente inagotable de imaginación.

Robert Wolff, el protagonista de la historia, es un hombre en la antesala de la jubilación con un matrimonio exhausto en el asiento del copiloto. Buscando aliviar su tedio con la adquisición de una nueva casa, descubre un portal dimensional que comunica con un paraíso extraño y salvaje en el sótano de una de las muchas que ha visitado. Sin embargo, lo más poderosos es que a través de dicho portal una figura desconcertante lo saluda y le entrega un objeto arcano: el cuerno con el cual podrá reabrir el portal en caso de que decida volver. Y a hurtadillas, con alevosía y nocturnidad, sin conocimiento del vendedor de la inmobiliaria, regresa para escapar de una rutina decadente y un matrimonio contrahecho.

Así comienza a rodar una bola de nieve en donde el único patrón reconocible es el afán de insertar elementos cada vez más fantásticos para impresionar al lector. Esto, lógicamente, sonaría artificial si no fuera porque –al menos a mis catorce años– lo conseguía. Farmer desata su genio describiendo un mundo donde lo feérico se da la mano con figuras más corrientes sin abandonar jamás su tono aventurero, que continuamente oscila entre el peligro mortal y lo inofensivo. Y tras varias páginas en las que Wolff no hará más que entregarse al deleite de su nueva libertad, pronto lo descubriremos embarcado en la gesta de recorrer aquel extraño mundo dividido en mesetas ascendentes, escalada mediante. Como cabía esperar, cada meseta guarda su propia cosmogonía y sus propias situaciones, siempre con el hilo conductor tirando de Wolff hasta alcanzar la fortaleza del delirante hacedor de universos.

Buscando la estética por encima de cualquier idea fraguada, llegamos al final con la sensación de haber leído un libro de viajes en la línea de Paul Theroux con gente en porreta desfilando por ahí al mejor estilo Boris Vallejo. Pero, ¿y lo que mola? Esa diversidad tan incongruente y desacomplejada de atmósferas y hechos ayuda a conseguir lo único que The Maker of Universe pretende: entretener, dejándose la lógica en la guantera. En definitiva, pavimentarle al joven –y no tan joven– lector un camino hacia una búsqueda literaria más personal… O más amable, en cualquier caso, que endosándole La Celestina en 3ero de la ESO.

El segundo autor que acude a mi memoria es Robert Silverberg. Su bibliografía es abrumadora y la calidad de la misma algo más homogénea que la del señor Farmer, al que en ocasiones puede encontrársele curiosas idas de pinza. No obstante, ambos son hijos de una época, de manera que comparten multitud de similitudes en forma y fondo. De hecho, la serie Majipur de Silverberg reúne –aunque en más tomos– las mismas características que The Maker of Universe. Aunque si debiéramos hacer justicia con dicha comparación, quizá valga sacar a relucir el impresionante Riverworld de Farmer, del que se hizo una película para televisión de 4 horas producida por Syfy de calidad más bien infame. Pero centrándonos en Silverberg, y obviando la mención a la serie Majipur –donde un castillo es prolongado hacia los cielos por cada nuevo emperador–, que descubrí tantos años después que lo único virgen que me quedaba era el tímpano derecho, lo que aquí importa es Alas Nocturnas.

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Alas Nocturas (1969).

Ganadora del premio Hugo en el 69, el segundo trofeo de envergadura que Silverberg alzaba para su palmarés personal, Alas Nocturnas constituyó una maduración cualitativa en mi percepción de la literatura. Lo que ocurre no es extraordinario en términos de originalidad –fin de un ciclo tecnocrático futurista, una Europa decadente y el peligro inminente de una invasión extraterrestre–, pero está diseñado con sensibilidad y pausa. No me cabe duda que el pulcro minimalismo de la portada de Nebulae ayudó a fortificar la sensación de que estaba ante algo más “tocho”. Los personajes que desfilaron ante mí perseguían fines tan nobles como los de Farmer, pero en sus actos subyacían emociones que requerían cierto grado de procesado. No tengo claro que Silverberg escribiera Alas Nocturnas para la comprensión de chavalines de catorce años, sin esto significar que la edad sea óbice para su disfrute. Al contrario, ¿puede haber etapa en la que se esté más receptivo? Aún recuerdo a Wuellig, miembro del gremio de los Vigías, empujando su carrito por las afueras de una ciudad cochambrosa mientras Avluela, una especie de Campanilla con interesantes curvas, revoloteaba por encima de las colinas. Wuellig observaba el cielo y aguardaba a que se hiciera la hora ritual de montar el chiringuito para inspeccionar las estrellas. Dado que la idea de la invasión tenía un cariz cuasi profético, los Vigías eran responsables de ser los primeros en dar la señal de alarma, pero nadie sabía con exactitud cuándo ocurriría… O si ocurriría, duda que escamaba al Vigía, que veía su vida transcurrir con la languidez propia del que hace hacia la nada lo correcto. La invasión –por supuesto– se produce y la trama se desprende en una avalancha a cámara lenta. No es vertiginosa, pero desde luego tampoco es solemne, recordando en cierto modo al ritmo de los primeros tres libros de la serie Terramar de Le Guin. Sin extenderme en análisis innecesarios, sólo diré que Alas Nocturnas deja un pozo de sinceridad, misticismo y belleza, confirmando que Silverberg iba totalmente por libre en el momento de su creación y refrendando una vez más su inmortal maestría.

Para ir bajando la persiana –todo lo molón viene de tres en tres, como las trilogías–, pasaremos de las novelas a los relatos. Esto es especialmente peliagudo porque la oferta de obras monumentales dentro de esta categoría es abrumadora. Sería injusto tener que elegir una de un mogollón simultáneo en el tiempo, considerando cosas de la envergadura de Vendrán las lluvias suaves de Bradbury o La verdad sobre el caso Valdemar de Poe, por mencionar dos al azar. Por fortuna, mi memoria de tísico me permite extraer el que marcó para siempre mi deriva como lector y escritor; y es paradójico, porque no soy en absoluto devoto de Clifford D. Simak. Los numerosos intentos que hice para empaparme con su obra resultaron en fracaso. Carente de todo rigor científico, su estilo es ligero, aunque no siempre ameno. Desde luego, esto es una percepción personal y lejos está mi intención de poner en cuestión la calidad de su trabajo. Sólo quería destacar cuán curiosa es mi relación con ese caballero, del que sólo he extraido un pequeño punto de comunión, pero que brilla como mil anillos de boda.

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City (1952).

Deserción forma parte de Ciudad, una recopilación de relatos que pueden ser parcialmente disfrutados de forma aislada, pero que, sin embargo, tienen en común el alzamiento de los perros como civilización dominante tras la caída del hombre. Esto del alzamiento, en realidad, es relativo, puesto que no hacen más que reunirse alrededor del fuego para contarse las historias que dan lugar a la recopilación –tratando a la humanidad como un elemento casi mitológico–, pero os hacéis una idea. Deserción, con su naturaleza de leyenda, tiene lugar en la superficie de Júpiter siglos atrás, en unas avanzadas instalaciones humanas cuyo único propósito era desentrañar la habitabilidad de la atmósfera del gigante gaseoso. Y aunque suene a barrabasada, siempre se ha barajado la hipótesis de que Júpiter cuenta con un núcleo rocoso varias veces más macizo que la Tierra. Claro que, considerando las dimensiones del pedo joviano, alcanzarlo representa –de momento– un imposible; en cualquier caso, en lo tocante a Simak, se acepta barco.

Encerrados en cúpulas para protegerse de vientos de 370 km/h y otras animaladas, científicos y militares en plena conquista del espacio buscan descifrar las condiciones meteorológicas de Júpiter para adaptarlas al organismo humano y así agostar los recursos del sector. El nexo para conseguirlo son unas –aparentemente– primitivas formas de vidas que toleran la presión atmosférica llamadas Galopadores. ¿La forma? Reconstruir genéticamente a los expedicionarios enviados a entender los mecanismos naturales del planeta…, reconstrucción que implica, entre otras cosas, hacerles adoptar la forma física de dichas criaturas. Y suena jodidamente curioso. Pero lo que más escama a Fowler, veterano jefe del proyecto, es que ningún expedicionario ha regresado. Salen transformados de las cúpulas y no se les vuelve a ver el pelo. Así pues, harto de enviar subordinados a la incertidumbre –o la muerte; no descartaba la posibilidad de que allá fuera los Galopadores sufrieran el acecho de algún predador natural–, Fowler decide embarcarse en la transformación y exploración del planeta. Pero en tan noble decisión encontramos un fleco algo más singular: Towser, su viejo y adolorido perro pulgoso, lo acompañará.

—¡Su propio perro! Ha estado con usted todos estos años…

—Ese es el asunto —dijo Fowler—. Towser se sentiría muy desdichado si me fuera sin él.

Guiado como lector a través de una situación aparentemente cómica y tierna, aparecí de rodillas ante un punto de inflexión poderoso e inolvidable. Simak combina la violencia descomunal de la superficie joviana con la belleza inenarrable que Fowler y Towser perciben a través de sus nuevas existencias como Galopadores. Ambos viejos, ambos deprimidos por el fracaso y el encierro, recibirán unos dones magníficos, impensados en unas criaturas tan elementales. Los límites de sus viejas existencias desaparecen y las tempestades gaseosas se transforman en cortinas de colores que los deslumbran. Asimismo el bienestar físico es absoluto, desapareciendo en ambos los achaques de la edad. Y por si fuera poco, sus propias mentes se expanden hasta lo insospechado, adquiriendo una claridad total –lo que le permite a Towser racionalizar casi al instante la “fórmula” con la que el hombre podría moverse libremente por Júpiter–, y apareciendo la posibilidad de comunicarse entre sí telepáticamente. De esta guisa, Simak erige un diálogo entre Towser y Fowler, humano y perro en igualdad de condiciones, donde los cotidianos actos domésticos del pasado tendrán un protagonismo esencial mientras la cúpula queda atrás.

Entonces comienzan los dilemas, la sensación de que existe un futuro diferente, que vale la pena recorrer…, y comprenden por qué nadie ha vuelto.

—No puedo regresar —dijo Towser.

—Ni yo –dijo Fowler.

—Volverían a convertirme en perro —dijo Towser.

—Y a mí —dijo Fowler— en hombre.

La literatura es un romance que crece con el tiempo y empieza por alguna parte; y éste de aquí, ha sido mi principio. Pero como no me gustan los finales solemnes, visualizadme partiéndome el culo mientras corro con tijeras.

Gracias por venir.

Lo Frágil

Alfas y Omegas, la noche más larga de Malaquías Baviera

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Mariela González (@Scullywen)

Hay ciertos espacios que, sin tener a priori nada de irreales, nos resultan tan ajenos y lejanos como cualquier paraje de fantasía, como una Camelot o una exuberante Shangri-la. Es el caso para nosotros de esas congregaciones universitarias, las fraternidades, que conocemos gracias al cine o a la televisión. Podemos citar sin tener que pensar mucho términos asociados a ellas, tal vez hasta describirlas haciendo uso de esos lugares comunes que nos han enseñado mil y una veces… ¿Pero entendemos realmente qué se cuece en ellas? ¿Qué hay tras sus paredes, cómo se mueve la vida en su interior?

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No, no balbuceéis, no tratéis de salir por la tangente. Las fraternidades son esos lugares vedados todavía a nuestro entendimiento, a menos que hayamos pasado tiempo en una universidad americana y las conozcamos de primera mano. Así que el universo de Alfas y Omegas, pese a contener objetos y personas “reales”, nos resulta insondable, tan desconocido como si realmente nos estuviéramos adentrando en el espacio exterior. Tan desconocido como al protagonista de la novela, Malaquías Baviera. Un joven que, como nosotros, procede de otro mundo, que se tiene que integrar a la fuerza en un entorno muy distinto al suyo. Porque, sí, Malaquías es un empollón. El tipo de aspecto descuidado que se suele llevar collejas cuando pasa junto a algún grupo de “triunfadores”… y el único que puede echar una mano a su amigo Oscar con las pesquisas que quiere llevar a cabo en la fraternidad Omega Pi Tau. No le queda más remedio, por tanto, que zambullirse en una fiesta en la que encontrará misterios mucho más fascinantes de lo que hubiera podido imaginar.

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Alfas y Omegas se nos presenta como una divertida novela detectivesca, con los elementos bien dispuestos sobre la mesa. Cualquier investigador que se precie debe ser un tipo peculiar, y Malaquías cumple con esta premisa a la perfección: no sólo es el rara avis del lugar debido a su procedencia mejicana, sino que además es un estudiante de Física analítico y sagaz, capaz de descomponer el mundo que le rodea en base a jugadas de ajedrez. Que parezca, a simple vista, un nerd clásico no significa que sea un tipo apocado; antes bien, su afilada lengua salta rápida como una serpiente a por su presa dialéctica, sin dejar títere con cabeza. Peculiar es también su amistad con Oscar, un conocido entrenador de fútbol en el campus, de gran corazón aunque capacidades asertivas mucho menores. Oscar pide a Malaquías que le acompañe a la fiesta de la fraternidad para que investigue, con toda la sutileza y discreción de que sea capaz, a Bones David, un jugador al que espera fichar para su equipo. El proverbial mal ojo de Oscar para los fichajes hasta la fecha, que le ha hecho elegir a jugadores que se han lesionado a la primera de cambio, le hace querer andar con pies de plomo y confiar en el buen criterio de su amigo: quiere que sea Malaquías quien le diga si Bones va camino de ser una estrella u otro juguete roto.

Es una premisa extraña, como extraña es la amistad entre dos personas tan diferentes. Y pronto nos daremos cuenta de que ese microcosmos que se desarrolla entre las paredes de la fraternidad está plagado de personajes secundarios todavía más peculiares. En torno a Malaquías empezarán a pivotar animadoras tan superficiales en apariencia como maternales; aprendizas de bruja de andar por casa, femme fatales, administrativos sumisos que aspiran a ganarse reconocimiento, líderes de hermandad con debilidad por lo esotérico… Aunque nada será lo que parece en ese peculiar baile de máscaras; una capa se irá revelando bajo otra, y Malaquías, en medio de todo, estimuladas su hiperactividad y su ansia por descubrir la verdad, se verá inmerso en varios misterios a la vez, que tendrá que sostener en equilibrio como si de un experimentado camarero se tratase.

Lo que en un principio parecía una maraña de voces y caracteres se va desenredando poco a poco. Los hilos adquieren independencia, se separan, y los personajes se mueven y respiran con carisma propio gracias a un hábil José Luis Carrasco a la batuta. Si complicado resulta hilar fino en una novela de detectives (no olvidemos que todos nos convertimos en investigadores al leerla, y es importante que no quede ningún cabo suelto del que podamos tirar y desmontar todo el tinglado), digno de elogio es además dar aliento a tantos personajes distintos, cada uno con su forma de hablar y sus características, y conseguir que interactúen entre sí, que se nos muestren vivos. Por supuesto, hay una pequeña “trampa”, y es la figura omnisciente de Malaquías como hilo conductor, capaz de estar aquí y allá; de llegar en el momento preciso para escuchar la conversación que interesa o de tener la idea genial justo cuando hace falta. Pero incluso a una figura avispada como la suya le sucederán eventos imprevistos y le surgirán enemigos de los lugares más insospechados.

Alfas y Omegas funciona con la premisa del “más difícil todavía”. Sin vergüenza, con total orgullo, bebe de la amplia fuente de la subcultura presentándonos un ecosistema en el que el pulp, la ciencia imposible, los misterios paranormales y los juegos de rol coexisten como algo totalmente normal, no como elementos externos que se introducen para provocar un extrañamiento. Es esa naturalidad con que va creciendo la novela, desenvolviéndose frente a nosotros en un diálogo espontáneo, lo que la dota de un dinamismo y un carisma sorprendente. A pesar de los detalles a veces surrealistas, no se advierte artificio, no se desmorona el atrezo. No podemos hablar mucho del argumento sin desvelar el gran giro que nos conducirá al final, pero os adelantamos que es un auténtico salto mortal en el aire por parte de la novela. Y José Luis Carrasco sabe cómo caer de pie.

En un terreno en el que es fácil caer en los tópicos, Alfas y Omegas se alza y nos lleva por un viaje realmente refrescante, en ascensión real y simbólica hasta un crescendo inesperado donde parodia y homenaje se dan la mano en perfecto equilibrio. Sin duda, una noche interminable para el bueno de Malaquías, aunque no tanto para nosotros, que devoramos la novela y nos quedamos con ganas de más.

Si queréis descargar un avance de la novela, podéis hacerlo desde aquí. ¿Y qué mejor que ceder la palabra a su autor para que nos desvele algo más?

Entrevista con José Luis Carrasco:

“Siempre sospecho de todo lo que se ajuste con demasiado rigor a estándares estrictos, porque la vida, simplemente, no funciona así.”

Jose Luis CarrascoNo vamos a comenzar con esa odiosa pregunta, “¿de dónde sacaste la idea?”. Pero vamos a maquillarla un poco, porque lo primero que llama la atención de Alfas y Omegas es sin duda su ambientación. ¿Por qué el mundillo de las fraternidades universitarias, tan lejano a nosotros (en teoría)? ¿Hubo alguna inspiración directa para la historia o los personajes, quizás de alguna película o serie teen norteamericana?

El proceso de generación de las ideas es un misterio para mí, y muchas veces creo que en el cóctel de un impulso creador se suma todo a la vez: los gustos, las preferencias, los deseos e incluso elementos subconscientes que rara vez percibimos. La idea, en su origen, era abordar una época de tránsito en la vida fundamental: la de los primeros veinte años, cuando finalizamos nuestros estudios e ingresamos en la sociedad como elementos activos. Se ha escrito mucho sobre otras edades de iniciación, como la infancia o la adolescencia, pero creo que no tanto acerca de esta. Para mí es una época llena de grandes revelaciones e incertidumbres.

Cuando uno se matricula en la universidad, no es ni un niño ni un adulto, sino un joven que conserva aún parte de su inocencia. La Universidad ejerce una función “civilizadora”: ofrece una gran cantidad de conocimientos y de libertad para asumir el propio camino. Pero tras cruzar el umbral uno ve que florecen también asociaciones, grupos y consejos de docentes y de alumnos que condicionan el devenir de los alumnos. En los departamentos, por ejemplo, se mantienen líneas ideológicas que condicionan qué tesis y estudios se deben realizar bajo sus auspicios. Entran en juego decisiones políticas, líneas de separación, diferencias de clase. Esto representa a pequeña escala el mundo parcelado con que uno se va a topar en la vida adulta.

Las fraternidades, como antesala del paso definitivo a esa etapa, pertenecen a esas instituciones jerárquicas que sirven para diferenciarse, para crear sociedades aisladas. Modelan un sentido de tribu, de élite. Malaquías Baviera proviene de una familia mexicana, de clase baja, y, como Groucho Marx, nunca entraría en un club de ese estilo ni aunque le invitaran. Mi propósito era mostrar la mayor oposición entre ambos mundos.

Aparte de su significado social, para la historia ayudaba la existencia de un grupo de estas características, cerrado y un poco secretista, empeñado en no airear demasiado sus trapos sucios. Es verdad que no hay alternativa parecida en España, pero como decía antes, sí que existen colectivos similares. Ignoro si este plan llegó antes que el deseo de escribir una novela criminal o fantástica, o si ambas apetencias se reforzaron mutuamente.

En cuanto a inspiración, la película Animal House y su humor loco y entrañable me vino a la cabeza a menudo mientras escribía.

El héroe-detective de la historia, Malaquías Baviera, es sin duda bastante peculiar. Se nos presenta en un primer momento como un nerd clásico, intimidado ante la posibilidad de tener que mezclarse en una fiesta llena de sus “enemigos naturales”, los deportistas. Pero lo vemos adaptarse enseguida, mezclarse como pez en el agua y ser capaz de utilizar el afilado dardo de su palabra para derribar a los demás en sus conversaciones. Al final de la novela conocemos sus filias y fobias, sus rarezas entrañables… e incluso algo de su futuro. ¿Tienes pensado darle continuidad, presentarlo en nuevas historias?

Los detectives tradicionales, como Sherlock Holmes o Sam Spade, son de una pieza. Terminan los libros igual que como los inician. Ahora ya no se estila tanto, pero aún así algunos personajes de novela negra siguen pareciendo algo hieráticos para mi gusto. A mí me apetecía más un investigador apocado, que evolucionara según avanza sus pesquisas. Al principio la timidez supera a Malaquías, pero nuestro investigador es inteligente, y con la inteligencia se puede conseguir todo. Confieso que Alfas y Omegas es para mí tanto una novela de intriga fantástica como el proceso de madurez y descubrimiento de un héroe en potencia. En ese sentido, me gusta pensar que Malaquías experimenta un ideal de forja casi caballeresco.

Antes de Alfas y Omegas ya publiqué un relato breve protagonizado por él. Se titula “El alma de la fiesta” y lo editó en papel la revista mallorquina “La bolsa de pipas”. En él se presenta a un Malaquías en torno a los cuarenta años, más seguro de sí mismo y libre de prejuicios, un poco más gamberro también, encerrado contra su voluntad en un bar norteamericano. Es un texto muy breve, apenas un homenaje literario a Thomas Pynchon. Por pura casualidad, el relato también sucede en una fiesta.

Tengo algunas ideas nuevas para él, pero lo fundamental cuando escribo es no repetirme, así que probablemente meditaré mucho qué hacer con él. No más fiestas, por tanto.

También he terminado un cuento con un secundario de Alfas y Omegas como protagonista, y si los editores de Carlinga lo tienen a bien, saldrá a disposición de los lectores en algún momento.

El entramado de personajes que puebla la novela es para quitarse el sombrero. Háblanos un poco de cómo encaraste el trabajo, que se antoja titánico, de hilar semejante tapiz sin que quedasen cabos sueltos. ¿Utilizaste alguna herramienta especial para organizar la constelación de relaciones, tiraste de libreta, de post-its? ¿Tienen los personajes secundarios fundamento o inspiración en personas reales? (¡sin spoilers!)

Me gusta recurrir a libretas para las notas, y abandonar un poco el “tedio del teclado”, por parafrasear a Robert Walser, pero sobre todo utilizo un software para escritores y guionistas, muy recomendable, llamado Scrivener. Trae numerosas herramientas para organizar el texto, los personajes, las notas, y otras opciones como estadísticas del proyecto. Gracias a él redacté una lista de personajes con sus particularidades, y anoté en qué escenas de la historia debían entrar en acción. Aún así, no hay mejor remedio para tenerlo todo atado que leer la historia muchas veces, y que otras personajes tengan la gentileza de leerla también, y descubrir esas pequeñas lagunas que en tu mejor día se escaparon de tu microscopio.

Los personajes secundarios funcionan en esta novela como engranajes para que avance la trama. Por tanto están creados ex profeso, a medida. Incluso eliminé dos de ellos por superfluos. No cabía demasiado espacio para basarme en personas reales porque necesitaba que cada uno cumpliera su rol específico. Lógicamente esto no excluye el que tratara de darles un sabor propio. Me preocupé de que cada uno respirara con independencia porque además cada uno debía representar un aspecto del variado microcosmos de la mansión.

Se advierten numerosas influencias en Alfas y Omegas: desde el pulp hasta la novela detectivesca clásica (no falta la “escena del salón”), pasando por los juegos de rol, y me atrevería a decir que las aventuras gráficas (menudo Maniac Mansion que está montado en esa fraternidad). Si tuvieras que elegir un medio distinto del literario para ver tu obra adaptada, ¿cuál sería? ¿Cómic, juego, cine..?

Tus observaciones han dado en el clavo. Esta es una novela que proviene y que representa, bajo mi punto de vista, la postmodernidad que nos toca vivir. Por eso se nota la sombra de los videojuegos, como muy bien has visto en esa referencia a Maniac Mansion, a la novela pulp y los juegos de rol, sobre todo los más irreverentes, como el Paranoia de Steve Jackson.

Yo además añadiría la literatura imaginativa de Alfred Jarry, la mezcla de estilos de Tim Powers, la sátira científica de Karel Kapek y los hermanos Strugatsky, las obras de fantasía y policiacas de Eduardo Mendoza, además del ya citado Pynchon, al que admiro mucho.

A pesar de ello, no estoy seguro de que una adaptación funcionara. Creo que el estilo de mi obra se ajusta muy poco a representaciones no literarias. En todo caso me has pedido que elija, así que vamos a jugar: yo me inclinaría por una película dirigida por Gonzalo Suárez. Sólo este magnífico realizador asturiano, que además anda sobrado de obras fantásticas y de serie negra, podría imprimir a una obra el estilo de tierna extravagancia que he querido darle a Alfas y Omegas. Se da la casualidad de que Suárez ejerce también de periodista y escritor, y entiende como muy pocos la labor de adaptación literaria al cine. Si él hiciera algo con el humor de Aoom y la profundidad de Remando al viento, sentiría que me ha tocado la lotería.

Como segunda opción, no rechazaría un videojuego realizado por Ron Gilbert, el padre del Secret of Monkey Island, pero me temo que ahora los videojuegos siguen una tendencia muy diferente a la que yo conocí cuando jugaba a ellos.

Ya hemos hablado de Malaquías, de los personajes… ahora toca que nos cuentes algo de ti. Dices en tu página web que “tratas de escribir 500 palabras al día”; no puedo evitar recordar lo que recomendaba Ray Bradbury, escribir como ejercicio al menos un relato al día. ¿Cómo es tu rutina como escritor? ¿Cuándo comenzaste en el mundillo, qué te movió a hacerlo? Y un poco de promoción adicional, que nunca viene mal: ¿cuál o cuáles de entre tus relatos (que vemos que publicas habitualmente en revistas como Próxima) nos recomendarías leer para conocerte un poco más como creador?

Trato de escribir a diario, sí. A menudo pienso que no lo suficiente, aunque también resulta saludable quedarse con ganas de continuar otro día. Es aconsejable hacerlo, aunque no te sientas muy inspirado un día y escuches cantos de sirena de muchas otras cosas para pasar el rato. Nunca se sabe cuándo puede surgir una buena frase. Por otro lado, me siento escritor incluso cuando no escribo, y creo que al leer también realizo un trabajo de escritura.

Una parte del trabajo de un autor es leer mucho, y tengo la fortuna de disponer de tiempo para enterrar mi nariz en un libro cada día. En otra época devoraba toda la literatura fantástica y de ciencia ficción que caía en mis manos. Ahora me dedico a los clásicos: Platón, Sófocles, Virgilio, Shakespeare, Cervantes, Milton, Gérard de Nerval o Jane Austen. Los clásicos son muy gratos de leer y te acompañan y te enseñan cosas nuevas cuando vuelves a ellos.

Has mencionado a Bradbury. Otro de los consejos de este fantástico autor era leer poesía, pues activa músculos creativos del cerebro que ningún otro género consigue. He leído bastante a Whitman, a Paul Valery, a Keats, a Lord Tennyson o a William Blake, y corroboro lo que dice Bradbury. Emily Dickinson no tiene parangón con ningún otro estilo, género de obra o autor de este mundo. Es muy difícil alejarte de la poesía una vez entras en ella, casi tanto como explicar el porqué de su importancia. Además, los poetas suelen ser la gente que mejor escribe en prosa, un efecto que no se da a la inversa. Pido disculpas al paciente lector por extenderme en este tema, pero no entiendo la literatura ni la vida sin leer.

Mi trayectoria literaria ha seguido un curso muy natural. Empecé a escribir de niño. Sin duda me lo inculcaron mis padres, que quizá sin darse cuenta ni obligarme a nada, predicaron con su ejemplo, porque me mostraron cómo vivir a través de la literatura. La respuesta más corta a qué me impulsó a escribir sería “porque me gusta y me lo paso bien”, y bastaría con ella. Como hay espacio para extenderme más, diré que se escribe como vía de conocimiento, de uno mismo, del mundo y de los otros. Y para aprender a organizar tu cabeza y convivir con el propio silencio cuando uno está solo. Una tercera razón es que se escribe para devolver a tus autores favoritos todo lo que te dieron. Mantienes así un fructífero diálogo con fantasmas.

Publiqué mis primeros relatos en revistas de ciencia ficción. Me animó a ello haber ganado un certamen, y la posibilidad de acceso a revistas digitales de todo el mundo gracias a internet. Si no hubieran existido estos dos factores hubiera escrito igual, pero el hecho de que ambos conlleven exigencias de estilo, formato y sobre todo, de plazos, me animó a comportarme como un profesional aunque no lo fuera. Me volví metódico y disciplinado, y de pronto me vi con un buen número de relatos en el cajón y con la capacidad de escribir una novela como Alfas y Omegas.

Me siento muy satisfecho de mi relato publicado en Próxima. Sólo se puede definir como un acto valiente, o romántico, lo de resistir con el formato papel, y Laura, su responsable, es una editora sensacional y llena de energía.

Recomendaría probar con mis cuentos de Futuroscopias. Me parece la mejor revista española de este género, muy bellamente diseñada. Creo que en ellos alcancé la madurez como autor. Ricardo, su editor, vive su trabajo con total dedicación y exigencia, y procura sacar lo mejor de cada persona que pasa por Futuroscopias.

Alfas y Omegas no es la única de tus obras en las que vemos crossovers originales. No hay más que echar un vistazo a la sinopsis de tus historias para advertir lo mucho que te gustan las ucronías, colocar a personajes improbables en lugares imposibles. ¿Con qué te gustaría experimentar en un futuro en esta línea? ¿Quizás con alguna temática nueva, algún tour de force arriesgado?

Tienes razón en que me gustan los crossovers, o más bien que me cuesta encasillar mis relatos en compartimentos estancos. Siempre sospecho de todo lo que se ajuste con demasiado rigor a estándares estrictos, porque la vida, simplemente, no funciona así.

Me gustaría profundizar en formas distintas de abordar el mito y la fantasía. Más líricas, quizá. Por otro lado, la preocupante situación de nuestra sociedad me apremia a escribir con urgencia, a recoger algún testimonio acerca de ello, de una manera más documental. Si pudiera combinar ambas cosas sin que nada chirriara, habría conseguido el tour de force al que aludes. Sea lo que sea tardará en llegar, porque como comentaba antes, intento no repetirme y eso implica pensar mucho lo que se hace.

Un placer, José Luis, y gracias por invitarnos a este rincón de tu mente.

Gracias a ti, Mariela, por haber leído la novela con tanta atención y por tus buenas preguntas.