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Trova del mago con ballesta | Cuarta parte

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Y por fin el gran y apoteosico final de la trova del mago con ballesta, orgullosa obra de Álvaro Aparicio, está disponible de forma gratuita y sin censura para cualquier incauto lector, y solo tenéis que seguir leyendo.

(Si quieres empezar por el principio pincha aqui.)


TROVA DEL MAGO CON BALLESTA (in the forest)

IV

EL EXTRAÑO CASO DEL MAGO QUE NO LANZA MAGIA NI AHÍ LO MATEN


Mil orcos pacíficos gruñían

frente a la brumosa cascada fría.

Ejticulodati, animoso, avanzó por el pasillo,

percatándose de que no tenía ni un virote.

Al goblin Cacerolo observó con amorcillo,

y por la cascada algo verde emergió cual pegote.

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Trova del mago con ballesta, parte IV (Ilus. Ana Blanco).

—Aunque hayáis venido buscando otra paliza, os daré la oportunidad de salir con menos bajas que la última vez. ¿Veis bien a mi primo Cacerolo? —les preguntó sacudiendo al goblin por el cogote desde la parte interior de la cascada—. Sí, amigos, es verde y enano. ¿Sabéis por qué? Por lo mismo que tiene los ojos rojos: porque es más malo que la lepra. Si lo suelto, no me hago responsable de lo que aquí ocurra. Lo juro ante Dios y la Virgen, que me importa un rábano si esta noche acabáis todos con una minusvalía del 65%. —Un orco del fondo empezó a aplaudir creyendo que asistía a un espectáculo de guiñoles—. La crueldad de su pasado lo ha vuelto peligroso, y se remonta a la Ucrania Soviética… Hablo de Prypiat, panda de colgados, Chernóbil, donde actualmente los mutantes vagan libres por la Zona. Cacerolo, que es muy aquerenciado, decidió permanecer incluso cuando se compuso la canción del verano con detectores Geiger-Müller. —El aludido se giró, pero la cortina de agua le impedía verle el rostro al mago, que se reía por lo bajo—. Pero si queréis saber más, es el terror de los espías. No ha dejado cápsula de cianuro por morder. También ha pactado con el demonio, pero la descripción del día que firmó la hipoteca la dejaremos para otro momento. Lo que ahora importa es que despejéis la salida, que nos atufáis la cueva. Eso, o suelto a mi primo y estreno barra libre de malaria.

Los orcos guardaron silencio, rumiando la intención del mensaje.

—Pero si hemos venido a por él —dijo uno del montón.

—¿Ah, sí? —preguntó el mago apunto de arrojar el goblin a la muchedumbre.

—Pues claro, tu primo es capaz de concederle un deseo a cualquiera —respondió otro.

Cacerolo fue absorbido por la cascada. Ejticulodati se lo puso a la altura de la cara.

—¿Concedes deseos?

—Pozí.

El mago se lo acercó hasta que el empapado goblin comenzó a bizquear.

—¿Y no te das asco pagándome tu rescate con una sillita de los chinos? Por no hablar del conato de emponzoñamiento con esa cena infame. ¿Qué pretendías? ¿Meterte en el tráfico de órganos a mi costa? Hubieras matado a todos tus clientes, tarugo. Tengo tantas enfermedades de burdel reescribiendo mi código genético que los resfriados aumentan mi masa muscular.

—El que avisa no es traidor —se defendió el goblin—. Yo lo dejé caer como al pasar. Y de emponzoñamiento nada, que era un plato gnómico.

—¿Fardas de cocinar recetas gnómicas? No tienes cara tú ni nada —murmuró con infinito desprecio.

—¿Qué? Yo sólo pasé un gnomo por la túrmix.

La voz de un orco cuya enorme silueta se adivinaba a través de la cascada interrumpió la discusión.

—Soy Retuercevértebras, sosegado líder de la tribu de los Orcos Pacíficos, y vengo a parlamentar. ¡Os exhorto a salir!… Cuidado con esa hormiga —se le oyó decirle a uno de sus escoltas.

El mago, soltando a Cacerolo, emitió una risotada de indignación.

—Anda, éste. Por qué no te mojas tú, listo.

Dos musculosos orcos de importante envergadura abrieron las aguas con los escudos antepuestos a guisa de techo, permitiendo que el contacto visual no se frustrase por una mera formalidad protocolar.

Retuercevértebras apareció en medio, señalando al goblin.

—Su culo me pertenece.

—Espera, espera —intervino Ejticulodati con expresión aturullada—. No es por desviar el eje de la conversación, pero hay algo que me ronda por la cabeza desde hace rato… Vosotros sois todos tíos, ¿no? Quiero decir, no tenéis mujeres o niños, ¿verdad? Pregunto porque hace menos de veinticuatro horas arrasé vuestro campamento, virote va virote viene, y —agitó las manos contrariado— no querría tener el cargo de conciencia de haberle disparado a… Bueno, tú me entiendes.

—Somos todos tíos —aseveró Retuercevértebras lacónico—. Puedes quedarte tranquilo, que sólo has matado a mi abuelo, a mi padre y a la mitad de mis hermanos.

—Uf, qué descanso… —disimuló el mago—. Y ahora qué tal si os piráis, que hacéis unas pintas aquí con los escudos parando la cascada que a ver si jodéis algún arroyo por desviar el agua.

Retuercevértebras dio un paso hacia adelante con talante malicioso.

—Sabemos que no te quedan virotes —advirtió.

—No hay huevos de demostrarlo —desafió el mago apuntándole con la ballesta.

—Hemos encontrado el cadáver del ogro amigo del bosque. Si sumamos los disparos que efectuaste en nuestro campamento y los añadimos a los que tenía el ogro en la cara, no existe carcaj que aguante ni un virote más. Además, llevas la ballesta descargada.

Ejticulodati cogió a Cacerolo por un bracito y lo alzó como un talismán de poder.

—¡Aún tengo un deseo…, y podría ser un virote!

—Y nosotros somos diez veces cien. —Retuercevértebras aclaró por si acaso—: O sea, mil.

El mago gritó de frustración.

—Entonces no me dejáis elección. —Miró al goblin—. Cacerolo, deseo un hacha de batalla.

El goblin emitió un sonoro resoplido.

—Venga, hombre, que podría darte el poder de cambiar el mundo, de empalmar dimensiones, de congelar el tiempo, elevar volcanes, alisar valles, de crear bosques y vaciar océanos, de…

—Un hacha —repitió el mago ante el cauteloso avance de Retuercevértebras—. Sólo necesito un hacha de batalla. Rápido.

—Intento explicarte que a través de mí tendrías acceso a la biblioteca arcana de los hechizos infinitos, con la cual serías tan inconmensurablemente poderoso que no encontrarías oposición en quinientas eras divinas, por no mencionar que…

—Cacerolo, deja de tocar los huevos y dame un hacha de batalla —susurró el mago con los dientes apretados.

—Yo es que no entiendo ese empeño en pedir chuminadas, fíjate que…

Ejticulodati estampó al goblin contra el suelo y hasta sus manos rebotó un hacha de batalla generada por materialización espontánea. Un pálido Retuercevértebras lo señaló con gesto tembloroso.

—Va armado —musitó descubriéndose en el reflejo del acero del arma—. Ahora es invencible.

Ejticulo comenzó a caminar hacia ellos, blandiendo el hacha y descansándola en el hombro derecho en cuanto acusó las limitaciones de su artrosis.

—A ver la parejita de fornidos de la cascada, que parecéis sacados de una sauna gay, bajad los sobacos y que corra el aire.

Los subordinados de Retuercevértebras vacilaron, pero su líder los exhortó a la impavidez.

—Va en serio —afirmó el mago sosteniéndole la mirada a Retuercevértebras—, dile a Máximum Macho y Apolo Trans que guarden los escudos. La deliberación ha terminado.

—Yo también tengo un arma —objetó Retuercevértebras con la cabeza gacha—. Podría retarte a duelo.

—Se te ve el plumero, grandote. No podrías retar ni a mi abuela. —El mago entornó los párpados—. Fuera de aquí o se lía la marimorena.

Retuercevértebras comenzó a hiperventilar y a mirar alternativamente a sus guardaespaldas.

—No —dijo mohíno.

El mago se arrojó cual toro de lidia y Retuercevértebras y sus esbirros retrocedieron restaurando la libre circulación del agua por delante de la cueva. Ejticulodati, ciego por el impulso de cortar a la mitad a quienes reclamaban al pequeño Cacerolo, atravesó el líquido elemental brotando ante la mirada alelada de una legión de orcos. Desaforado por el disgusto de mojarse, la emprendió a hachazos con los que tenía más a mano, provocando la inmediata retirada de los concurrentes. A los cinco minutos, no quedó nadie de la hoy extinta —por sobradas razones— tribu de los Orcos Pacíficos. Una vez más, con posturita de dignidad majestuosa, Ejticulodati había triunfado sobre quienes por alguna estúpida exigencia filosófica no podían defenderse. Cacerolo, viendo seguro el perímetro de la pradera, se aproximó con aire de groupie y le abrazó las pantorrillas.

—No te pongas mimoso que te devuelvo a la alcantarilla… —Pero entonces miró al goblin con renovado interés—. ¿Cómo va eso de conceder deseos? ¿Es a cualquiera?… ¿A cualquiera que suelte la pasta, por ejemplo?

—Sí, a cualquiera, ¿no es la bomba?

—Y es un deseo por persona —repasó el mago.

—Uno, efectivamente —dijo Cacerolo en tono grave—. La ambición de las personas es tan grande, que si en vez de uno fueran…

—Le van a dar por culo al reino y a las setas —concluyó el mago introduciendo el goblin en el morral—. Tu existencia ha sido concebida para imprimir dinero, colega. ¡Nos vamos al callejón de las Putas!

—¡Amo, gracias por enseñarme mundo, pero qué sitio tan malsonante es ese! —exclamó el goblin desde lo profundo—. ¿Es bonito como el bosque?

—Siempre te quedará la opción de cerrar los ojos e imaginártelo como te salga del rabo mientras te hinchas a conceder deseos. Por cierto, ¿cuánto vives?

—¿Te preocupa el inesperado arribo de mi senectud y mi posterior fallecimiento?

—Qué va, es para ir haciendo cálculos…

Mago y goblin abandonaron la pradera sin mirar atrás. Pocos días después, la ciudad se llenó de magia e ilusión, registrándose la aparición de palacios donde antes había chozos de mala muerte, de princesas y efebos llamados igual que la escoria analfabeta que componía la distracción del enemigo en el lado exterior de las murallas, y de caballos que ladraban, gallinas que rebuznaban, cajas de ahorro que no organizaban concursos literarios para desgravarse a Hacienda y otros deseos estúpidamente desperdiciados.

—¿No son sorprendentes los paralelismos entre la fantasía y la realidad? —reflexionó Ejticulodati—. Es que ni hecho aposta, Cacerolo… —Suspiró, deshaciéndose de aquel rapto filosófico—. Arreando, que es gerundio.

—Que viene del gerundium latino.

—Uy, éste, ahora va de culto… Limítate a extender los penes que yo te diga, ¿vale?, que de eso va ser un currante en esta vida.

FIN

Álvaro Aparicio

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Esperamos que os hayan gustado las aventuras de Ejticulodati tanto como a nosotros. Ahora, y por último, os vamos a pedir que nos dejéis vuestra opinión, lo que os ha parecido y que parte os ha gustado más.

Muchas gracias de antemano 😉

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Trova del mago con ballesta | Tercera parte

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Parece mentira pero ya vamos por la tercera parte de esta singular historia de magia y aventuras escritar por nuestro querido Álvaro Aparicio… espera, que aún te falta la primera parte y la segunda parte por leer, pues ¿a qué esperas?


TROVA DEL MAGO CON BALLESTA (in the forest)

III

CUANDO SE NOTA QUE NO HAY UN IKEA EN TU CIUDAD


La noche en banda se cerró,

y a lo lejos una cascada se oyó.

Cacerolo, el agua señalando,

al mago invitó a pasar.

A lo que éste repuso: la apagas o qué.

Colega, no me pienso mojar.

Trova del mago con ballesta, parte III (Ilus. Ana Blanco).
Trova del mago con ballesta, parte III (Ilus. Ana Blanco).

Pero se mojó de todas formas. Detrás de la cascada se abría un túnel tallado en la roca que comunicaba con una austera morada goblin. Llegados a esta parte, Cacerolo alumbró con una antorcha, dejando claro que lo de austero es un eufemismo.

—He contado tus muebles —dijo Ejticulodati escurriéndose las mangas con expresión sombría.

—¿Qué?

—Que he cuantificado tu mobiliario.

—Ah, sí, sí —respaldó Cacerolo asintiendo con la cabeza como si le hubieran comunicado una certeza irrebatible.

—Tienes dos muebles. Una mesa podrida por la humedad y una sillita de los chinos.

—Son mi orgullosa herencia. —afirmó Cacerolo ante un mago que no parecía impresionado—. Mi pueblo no tiene mucha idea de carpintería.

—Usas el plural porque son dos; es lingüísticamente correcto, no te lo voy a negar. Pero si vienes y me dices que en tu casa tienes muebles, comprenderás mi decepción si por un casual esperaba algo más de confort.

—¡Oh, no te preocupes, mi salvador! —exclamó Cacerolo entusiasmado—. La sillita será hoy tu trono. ¡Arremángate! Tengo un puchero en la cocina que ya verás.

—Pero si no tendrás ni nevera —replicó el mago mientras el goblin se escurría con la antorcha por un pasillo—, ¿de dónde me vas a traer ese puchero si has estado —el ruido de Cacerolo faenando en la cocina puso de manifiesto lo inútil de su pregunta— tres semanas en una puta caja?

En plena oscuridad, Ejticulodati empujó la sillita con la punta de una alpargata. Sintiéndola firme, decidió sentarse y esperar. Podía apoyar el mentón en las rodillas. De hecho, se entretuvo mordisqueándose las rodillas. Al rato brotó una peste a cloaca sólo explicable por el regreso de Cacerolo, que con dos cuencos de madera en la mano izquierda y la antorcha en la derecha, sonreía orgulloso de su labor como anfitrión.

—Se te ve ensimismado, amo, ¿en qué piensas?

—En lo extraña que es mi vida. —Bajo la pobre luz del fuego parpadeante, el mago ojeó el contenido del cuenco que el goblin depositó frente a él—. Hum. —Con la cuchara apartó un pelo y pescó un ojo—. Es tal mi desconcierto que, mira, sí, he pescado un ojo, pero en vista de tu reluciente alopecia, me preocupa más el pelo. —Se alejó hacia atrás con asco—. Por tu culpa estoy perdiendo la capacidad de sorprenderme de ese conjunto de tragedias que llamo vida.

—Son proteínas —sentenció Cacerolo dando buena cuenta de su ración al otro lado de la mesa.

—Ponte a escribir libros de recetas para la fauna cadavérica, fijo que tienes público y te forras. —Desde la distancia, dejó caer el ojo en el líquido alquitranado y salieron a flote tres uñas—. Hum.

—Es que cuando cocino —reflexionó Cacerolo soñador—, siempre tiendo a buscar la sorpresa de mis comensales… Pero dejemos de hablar de mis pasiones. ¿Qué tal la silla?

—Que me está cogiendo una contractura de las que acaban en latigazo cervical y collarín, tranqui.

El mago se levantó con aire adolorido y se sentó a lo sastre en el suelo. Luego, chupeteando la pipa apagada, se puso a remover maquinalmente el contenido del morral.

—¡Bueno!… Cuéntame —dijo Cacerolo frotándose las manos con exagerado interés—, ¿qué dignísima misión te trae a esta región? ¡Es una casualidad que dieras conmigo!

—Ah, eso. —El mago carcajeó quitándole hierro al asunto—. Un pesado en un castillo me pidió que le rescatara a la hija. Por el camino una vieja me chilló que tenía ratas en el sótano. Lo último que supe es que tenía que buscar setas mágicas en el bosque. Me papé una y… –a su mente acudió el recuerdo de un baile en bolas bajo la luna y el asalto a un tendedero que le llenó las manos de bragas–. Yo ya no entiendo nada, tío, no me preguntes esas cosas… —Giró la cabeza, estallando de sorpresa—. Qué cucada la sillita, tú. Con luz y bien mirada no parece tan hortera.

—¡Oh, no, no! —exclamó Cacerolo—. Es de una factura artesanal magnífica, por no mencionar el incalculable valor sentimental añadido por pertenecer a… ¿Qué haces?

—Organizar el inventario —contestó Ejticulodati con la cabeza metida en el morral—. No veas la que tengo liada aquí dentro. —Hizo un silencio abrupto—. ¿No me había deshecho del artilugio que le saqué al ogro? Aquí tengo tres de esas cosas, tío, qué flipe… Ve pasándome tu cuenco vacío, anda.

—¿Para qué? —preguntó Cacerolo al tiempo que obedecía.

—Porque me estoy cobrando tu rescate y primero va lo pequeño —explicó el mago—. ¿No sabes que los aventureros guardamos toda la mierda que pillamos por el camino? Sigue contándome tu vida, no pares.

De pronto sonó un cuerno orco que retumbó en la cueva, provocando leves desprendimientos de polvo mineral.

—Parece que te tocan el timbre —dijo el mago metiendo la sillita a presión en el morral.

Cacerolo se puso de pie de un salto.

—Pero si yo no tengo timbre —afirmó desconcertado.

Ejticulodati arqueó las cejas y aprestó la ballesta.

—Arreando.

Álvaro Aparicio

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Trova del mago con ballesta | Segunda parte

Si aún no has leido la primer parte de esta loca historia creada por Álvaro Aparicio, no te preocupes, aquí la tienes.


TROVA DEL MAGO CON BALLESTA (in the forest)

II

EL BOSQUE DESENCANTADO Y LA LIJADORA ORBITAL


Mago y homúnculo hacían camino,

y de los desdichados orcos, vamos, ni huella.

Allá iban por el calmo sendero caprino,

y mejor así, pensaron, que tener que reventar otra cabeza.

Risueños partíanse el culo compartiendo desgracias,

ajenos a lo que pronto frenaría su marcha.

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Trova del mago con ballesta, parte II (Ilus. Ana Blanco).

—¿Cómo dijiste que se llamaba tu gente? —preguntó Ejticulodati cargando la pipa con el maloliente tabaco del goblin.

Cacerolo parecía feliz de que su salvador se interesase por su pueblo.

—Oh, nuestro nombre es Feroces Colmillos Largos, aunque también se nos conoce informalmente como los Cuquis. —Con misteriosa solemnidad, añadió—: Somos muy temidos por todo aquello que mida diez centímetros menos que nosotros.

—¿Feroces Colmillos Largos…? —murmuró el mago frunciendo el entrecejo—. Vamos, que tenéis colmillos largos.

—Sí, amo, como los que componen tu collar. De hecho —Cacerolo entornó los ojos—, diría que el del medio se parece al colmillo izquierdo de mi padre. Vaya casualidad, ¿no? Porque nuestros dientes son como vuestras huellas digitales.

—¿Esto? Qué va, hombre, qué va —contestó el mago escondiendo el collar dentro de la túnica—. Es de esas baratijas de plástico del mercadillo medieval… ¡Espera!

A lo lejos descollaba una mole que dormía en medio del camino. Pidiéndole la máxima discreción al goblin, Ejticulodati se arrimó hasta un tronco lo suficientemente cercano como para oír los ronquidos de la criatura. Un ogro salvaje. La piel de su barriga, repleta de pequeñas protuberancias rocosas, se inflaba y desinflaba con la gracia de un fuelle. El mago aprestó la ballesta, pero algo le hizo dudar. Los virotes no bastarían para doblegar a semejante ejemplar. Tras una breve reflexión, decidió darle unas indicaciones al pequeño chamán, lo que derivó en la vergüenza de descubrirse hablando solo, pues cortos eran los pasos del goblin que desde atrás venía con el aire grave del que está dispuesto a realizar grandes hazañas.

—¿A qué peligros hemos de desafiar? Porque me siento capaz de domar un dragón negro —susurró Cacerolo con voz forzada—. Ésos que son inmunes a la magia.

—¿Y a caminar rápido qué? Mueve el culo, puto mono.

—Que tengo las piernas cortas, amo.

—Serás pelota, si me acabas de conocer. ¡Date prisa!

El goblin alcanzó la posición del mago y se asomó por el tronco. Enseguida meneó la cabeza en ademán negativo.

—Es amigo del bosque —dijo—. Vive aquí desde que el sol cuelga del cielo.

Ejticulodati posó las manos en sus pequeños y fétidos hombros y apretó los labios fingiendo compunción.

—A cada cerdo le llega su San Martín. Debemos cargárnoslo.

—No es cierto. —Miró otra vez al ogro durmiente—. No… ¿O sí?

—Tanto amo y tanta hostia, ¿y luego me contradices a la primera? ¿Qué no ves que está en medio del camino? Pues nuestra misión es… —Y golpeó el puño izquierdo contra la mano derecha soltando un onomatopéyico “capút”—. Existe una ínfima probabilidad de que esconda magníficos tesoros.

—¿Vale la pena arrebatarle la vida a una criatura ancestral con esa ínfima probabilidad de aval?

—Peor me sentiría no intentándolo. —Con gesto amable pero firme, el mago empujó el goblin al camino—. Ahora demuéstrame que salvarte ha sido una buena inversión. Ataca, Cacerolo.

—¡Soy inviable para el combate, amo, incluso para la propia naturaleza! —aulló braceando inútilmente—. ¡Provengo de un pueblo alquimicodependiente que necesita respiración asistida para ir de vientre!

—No me vengas con cuentos, que todos tenemos problemas. ¡Tira!

Cacerolo dio tres pasos en dirección al ogro. Miró a su alrededor buscando auxilio en las formaciones del sotobosque, escondrijos —aquellos que, por improbable que fuera, disimularan el temblor de su cuerpecillo—, o armas tales como palos y escopetas, cualquier cosa que pudiera evitarle una muerte que lo dejase con aspecto de placenta.

—¡Haz algo! —ordenó Ejticulodati, induciéndole al pequeño chamán un nivel de estrés que, sumado a su inexperiencia en lides de combate, lo llevó a considerar plausible la idea de arrojarle al ogro un pedrusco enorme. Pero dada su destreza manual de tiranosaurio, además de no impactar —en lanzamiento de peso, la distancia recorrida por el pedrusco equivaldría a la línea de cal que rodea al lanzador—, produjo el estruendo necesario para que el ogro se despertara cabreado.

Cacerolo emitió un chillido.

—¡Corre por tu vida, Cacerolo, pon a salvo tu verde existencia! —le dijo el mago, que veía al ogro ponerse de pie con lentitud de coloso—. ¡Pero no vengas hacia aquí, que eres una puta baliza andante!

El goblin, al borde del desmayo, se abrazó a sus pantorrillas.

—¡Estoy aterrorizado, amo! ¡Mátame, por favor, antes de que lo haga el ogro!

—No tengas tanta prisa —le espetó apartándolo de una patada—. ¿Los chamanes no tenéis ningún superpoder?

—Sólo sirvo para concederle un deseo a cualquiera que se me cruce por delante —respondió con ojos llorosos y la dignidad quebrantada.

—Pues en lo tocante a defenderte eres más inútil que pedalear en bajada, muchachito. Me obligas a apelar a mis hechizos. Y odio leer.

Ejticulodati extrajo del morral un pergamino garrapateado y con admirable empeño se entregó a la tarea de comprender su infame letra de estudiante.

 

IGNIS OBITUS

(de donde yo vengo, bola de fuego)

Cruzar las manos. Cerrar los ojos. Tener pensamientos bonitos. Luego imaginar que el fuego los arrasa. Para ejecutar con éxito el lanzamiento se requiere una hercúlea concentración. Voy a salir del aula un segundo, pero esto no hace falta que lo escribáis.

Cosas del bedel, prosigamos. Es conveniente que antes de iniciar el ritual del fuego se haga riguroso ayuno. Como cuando vuestros padres os amenazan con haceros un análisis de orina porque vais por la casa con cara de fumaos. En el transcurso de dicha preparación también se aconseja guardar las manos del frío para que la chispa espiritual encienda rápidamente a la hora de invocar al elemento. ¿Por qué os digo esto? Porque la combustión espontánea no es un chiste. Duele un cojón. Además, deshacerse de las impurezas del cuerpo nos evita la mayoría de los efectos adversos del hechizo, tales como ampollas en el vientre, formación de quistes en el páncreas, recogida de líquido alrededor del corazón, obstrucciones intestinales, copiosas hemorragias internas, dificultad de audición, pérdida temporal de la vista y de las facultades cognitivas, trastornos musculares severos que os obligarían a llevar la cabeza a la altura de las rodillas, colapsos respiratorios y lógicamente la muerte. De modo que tenéis que estar segurísimos de querer lanzar fuego sin ayuno. ¿Alguna pregunta? No, por favor, no volvamos otra vez a ese tema, ¿vale? El menú es el menú. No vale de nada hacer piquete en el comedor. Al cocinero se la suda que vosotros no queráis merluza… Ejticulo, hijo, ¿qué apuntas tanto?

—Fui un estudiante casi tan horrible como lo que me enseñaron —masculló guardando el pergamino en el morral—. Cacerolo, ponte a correr alrededor del bichardo, que me quedan diez virotes y tengo pensado hacérselos tragar.

La batalla fue encarnizada. El goblin, a pesar de repetir insistentemente un recorrido de tropiezos con las únicas tres rocas que sobresalían en el camino, realizó bien su faena, que consistía principalmente en no dejarse matar, algo que por otra parte tampoco tendría mucho mérito si no fuera porque Ejticulodati meditaba cada disparo entre diez y quince minutos con el pretexto de que la munición estaba muy cara. Cuando el ogro, que no carburaba fino por una insuficiencia de concentración de hidromiel en sangre, cayó abatido con la jeta erizada de virotes, Cacerolo se despatarró en el suelo viendo al mago acercarse al inmenso cadáver con un cuchillo en ristre.

—¡Dame tus tesoros! —exclamó éste al tiempo que abría al ogro en canal y hundía el brazo entero en aquel amasijo maloliente de tripas calientes—. ¡Oh, aquí está! ¡Siento algo duro!

—¡Amo, es la ínfima probabilidad más excitante de mi vida! —exclamó Cacerolo con el aliento justo para mover los labios.

—A que sí —suscribió el mago, que recuperó el brazo con una lijadora orbital en la mano—. ¿Y esto qué coño es? —soltó con la cara contraída por el desconcierto.

—¿Un tesoro?

El mago arrojó la lijadora orbital por encima del hombro y chasqueó la lengua.

Álvaro Aparicio

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Trova del mago con ballesta | Primera parte

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Álvaro Aparicio nos trae la primera parte del spin-off del spin-off del spin-off (nunca escrito) de Lo Frágil, en el cual nos maravilla con las desventuras de Ejticulodati, el mago con ballesta que podría tirar misiles arcanos, pero prefiere métodos más prosaicos porque no sabe -o no quiere saber- lo que es el maná. Sin más preambulos, y sabiendo que aquí todos hemos venido a ver cómo mueren criaturas feéricas, procedamos al despiporre:


 TROVA DEL MAGO CON BALLESTA (in the forest)

I

PETÁNDOLO DESDE LOS ALBORES DEL TIEMPO


 El bosque sombras exhalaba,

cuando de la fronda tupida emergió un gritillo.

El mago las ramas pisoteaba,

pero agudo era aquel reclamo de cochinillo.

Ejticulodati en su auxilio acudió

y ante trescientos orcos apareció.

Trova del mago con ballesta, parte I.
Trova del mago con ballesta, parte I (Ilus. Ana Blanco).

 —Ir despejando, venga —voceó el mago mientras disparaba la ballesta con el enemigo huyendo a la desbandada del campamento—. Que esto no es el cajero del bosque, a esnifar pegamento a otra parte.

—¿Pero por qué se nos expulsa? —exigió saber uno que cayó de hinojos al suelo—. ¡Somos miembros feudatarios del reino y merecemos una respuesta legitimada por el chambelán y pregonada por un heraldo plenipotenciario que provenga de…!

—Tú —le señaló Ejticulodati con la ballesta—, ¿qué eres, el empollón de la tribu?

El orco tragó saliva y asintió con la cabeza.

—A ver, monstruito, que al reino no le hace falta que vayáis a votar —le explicó el mago en presencia de unos pocos temerosos—. Volved a la naturaleza, trepad árboles, desarrollad vuestras facultades sociales con el despioje. Nadie os niega el derecho a disfrutar sin complejos de vuestras tres neuronas deficitarias, pero no vengáis con rollos patateros de feudos y catastros porque os pasamos por la piedra. —Y disparó un virote al aire que a la postre impactó en un orco que abandonaba el área de conflicto—. Ale, y ahora a tomar por saco. Quiero un cordón de exclusión de tres kilómetros de radio o esta noche tendremos holocausto orco en todas las portadas.

Ejticulodati, satisfecho, observó a los últimos miembros de la tribu desaparecer en la espesura del bosque. Sin cuestionarse la razón de tal manifiesta cobardía, se dirigió al origen de los chillidos que lo habían apartado del buen camino. Ante la imponente tienda del líder orco, una caja se agitaba desde su interior evidenciando la aciaga coyuntura del prisionero. El mago con ballesta, versado en lo que parece ser y no es, o, dicho de otra forma, en liberar demonios del séptimo círculo juzgando que el olor a quemado era fruto de un posible tumor cerebral, le preguntó al infeliz prisionero qué era, quién era y si tenía tabaco de pipa.

—Tengo —afirmó una vocecilla nasal.

—Entonces seamos amigos —propuso el mago, asestándole a la caja una patada de agárrate y no te menees—. Aunque mejor si sales atontado. La última vez que liberé algo también me aseguró que tenía tabaco de pipa. Resultó que era de liar. Luego se propuso chuparme el cerebro por el sobaco.

—¡Pero yo tengo de pipa! —repuso la vocecilla con desesperación.

—Infame naturaleza —exhaló el mago tras propinarle a la caja un viaje que la desarmó al completo—, ¿un goblin parlante?

El rescatado, que vestía harapos y hedía a fosa séptica, emergió del polvo revuelto con un breve acceso de tos. Estirando los miembros que componían su medio metro de estatura, suspiró profundamente y se señaló con énfasis.

—Oh, sí, forastero, puedo parlar. Me llamo Cacerolo. Salute.

La verdosa criatura hizo una reverencia bien ensayada.

—¿Por qué hueles tan mal, colega?

—Llevo aquí encerrado tres semanas; la caja era un sitio pequeño.

—¿Y el tabaco de pipa huele como tú?

—Creo que sí. —Cacerolo olisqueó la bolsita de cuero que llevaba enganchada al taparrabos—. Sí. —Volvió a olisquearla—. Peor.

Ejticulodati empuñó la ballesta con inquina. Sus ojos resplandecieron como la mica.

—Después de esta decepcionante engañifa —murmuró sombrío—, dame una razón para no hacer contigo lo que iban a hacer los orcos.

—¿El qué —espetó Cacerolo con ingenuidad—, pedir un deseo?

—Meterte en el caldero y hacerte guiso, cabrón insalubre, sé de buena fuente que eres presa natural de los que saqué a patadas de aquí.

—¡Qué insensatez! —exclamó Cacerolo—. Soy el chamán del mayor clan goblin de la zona, y se me ha conferido el poder de conceder un deseo por individuo. El líder de los Orcos Pacíficos sólo me retenía mientras pensaba concienzudamente su deseo. Un perfeccionista, vaya.

—¿Los Orcos Pacíficos? ¿Te refieres a los que…? —Acabó el interrogante señalando el bosque.

El goblin asintió apesadumbrado.

—Almas sensibles, ¿verdad? Da pena espantarlos. Son tan pacíficos que únicamente comen brotes muertos para no atentar contra el ecosistema… Tienen que mudar el campamento constantemente porque las ardillas les cogen la medida. Y el líder, qué dechado de buenas intenciones, venía cada noche a llorar sobre la caja y pedirme disculpas por el secuestro. ¿Qué ha sido de él?

Ejticulodati no pudo evitar exteriorizar su contrariedad.

—No lo sé —carraspeó—, puede que me lo haya cargado.

El goblin guardó silencio y parpadeó contemplando el campamento arrasado, los virotes brotando de los cadáveres sanguinolentos y las tiendas humeando en apocalípticos minaretes de chispa y ceniza.

—Bueno, ¿tienes casa tú o qué? —soltó el mago con brusquedad para evitarse más explicaciones.

—Tengo cueva —respondió pletórico de orgullo el pequeño Cacerolo—. Los chamanes gozamos de un estatus que nos evita la indigencia. Y muebles. Heredados.

—Llévame a tu refugio para descansar y daré tu rescate por pagado. De lo contrario, muere…, o algo —añadió con desgana—. Buf, cómo hueles chaval.

—Vaya un héroe, ¿eh?

—Menos mariconadas, palomo, que tu convivencia con los Orcos Pacíficos te ha saturado de buenas maneras. Conmigo harás una terapia de choque de regreso a la realidad. Arreando —concluyó, dándole una suave patadita en el culete.

Álvaro Aparicio

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