Trova del mago con ballesta | Primera parte

Álvaro Aparicio nos trae la primera parte del spin-off del spin-off del spin-off (nunca escrito) de Lo Frágil, en el cual nos maravilla con las desventuras de Ejticulodati, el mago con ballesta que podría tirar misiles arcanos, pero prefiere métodos más prosaicos porque no sabe -o no quiere saber- lo que es el maná. Sin más preambulos, y sabiendo que aquí todos hemos venido a ver cómo mueren criaturas feéricas, procedamos al despiporre:


 TROVA DEL MAGO CON BALLESTA (in the forest)

I

PETÁNDOLO DESDE LOS ALBORES DEL TIEMPO


 El bosque sombras exhalaba,

cuando de la fronda tupida emergió un gritillo.

El mago las ramas pisoteaba,

pero agudo era aquel reclamo de cochinillo.

Ejticulodati en su auxilio acudió

y ante trescientos orcos apareció.

Trova del mago con ballesta, parte I.

Trova del mago con ballesta, parte I (Ilus. Ana Blanco).

 —Ir despejando, venga —voceó el mago mientras disparaba la ballesta con el enemigo huyendo a la desbandada del campamento—. Que esto no es el cajero del bosque, a esnifar pegamento a otra parte.

—¿Pero por qué se nos expulsa? —exigió saber uno que cayó de hinojos al suelo—. ¡Somos miembros feudatarios del reino y merecemos una respuesta legitimada por el chambelán y pregonada por un heraldo plenipotenciario que provenga de…!

—Tú —le señaló Ejticulodati con la ballesta—, ¿qué eres, el empollón de la tribu?

El orco tragó saliva y asintió con la cabeza.

—A ver, monstruito, que al reino no le hace falta que vayáis a votar —le explicó el mago en presencia de unos pocos temerosos—. Volved a la naturaleza, trepad árboles, desarrollad vuestras facultades sociales con el despioje. Nadie os niega el derecho a disfrutar sin complejos de vuestras tres neuronas deficitarias, pero no vengáis con rollos patateros de feudos y catastros porque os pasamos por la piedra. —Y disparó un virote al aire que a la postre impactó en un orco que abandonaba el área de conflicto—. Ale, y ahora a tomar por saco. Quiero un cordón de exclusión de tres kilómetros de radio o esta noche tendremos holocausto orco en todas las portadas.

Ejticulodati, satisfecho, observó a los últimos miembros de la tribu desaparecer en la espesura del bosque. Sin cuestionarse la razón de tal manifiesta cobardía, se dirigió al origen de los chillidos que lo habían apartado del buen camino. Ante la imponente tienda del líder orco, una caja se agitaba desde su interior evidenciando la aciaga coyuntura del prisionero. El mago con ballesta, versado en lo que parece ser y no es, o, dicho de otra forma, en liberar demonios del séptimo círculo juzgando que el olor a quemado era fruto de un posible tumor cerebral, le preguntó al infeliz prisionero qué era, quién era y si tenía tabaco de pipa.

—Tengo —afirmó una vocecilla nasal.

—Entonces seamos amigos —propuso el mago, asestándole a la caja una patada de agárrate y no te menees—. Aunque mejor si sales atontado. La última vez que liberé algo también me aseguró que tenía tabaco de pipa. Resultó que era de liar. Luego se propuso chuparme el cerebro por el sobaco.

—¡Pero yo tengo de pipa! —repuso la vocecilla con desesperación.

—Infame naturaleza —exhaló el mago tras propinarle a la caja un viaje que la desarmó al completo—, ¿un goblin parlante?

El rescatado, que vestía harapos y hedía a fosa séptica, emergió del polvo revuelto con un breve acceso de tos. Estirando los miembros que componían su medio metro de estatura, suspiró profundamente y se señaló con énfasis.

—Oh, sí, forastero, puedo parlar. Me llamo Cacerolo. Salute.

La verdosa criatura hizo una reverencia bien ensayada.

—¿Por qué hueles tan mal, colega?

—Llevo aquí encerrado tres semanas; la caja era un sitio pequeño.

—¿Y el tabaco de pipa huele como tú?

—Creo que sí. —Cacerolo olisqueó la bolsita de cuero que llevaba enganchada al taparrabos—. Sí. —Volvió a olisquearla—. Peor.

Ejticulodati empuñó la ballesta con inquina. Sus ojos resplandecieron como la mica.

—Después de esta decepcionante engañifa —murmuró sombrío—, dame una razón para no hacer contigo lo que iban a hacer los orcos.

—¿El qué —espetó Cacerolo con ingenuidad—, pedir un deseo?

—Meterte en el caldero y hacerte guiso, cabrón insalubre, sé de buena fuente que eres presa natural de los que saqué a patadas de aquí.

—¡Qué insensatez! —exclamó Cacerolo—. Soy el chamán del mayor clan goblin de la zona, y se me ha conferido el poder de conceder un deseo por individuo. El líder de los Orcos Pacíficos sólo me retenía mientras pensaba concienzudamente su deseo. Un perfeccionista, vaya.

—¿Los Orcos Pacíficos? ¿Te refieres a los que…? —Acabó el interrogante señalando el bosque.

El goblin asintió apesadumbrado.

—Almas sensibles, ¿verdad? Da pena espantarlos. Son tan pacíficos que únicamente comen brotes muertos para no atentar contra el ecosistema… Tienen que mudar el campamento constantemente porque las ardillas les cogen la medida. Y el líder, qué dechado de buenas intenciones, venía cada noche a llorar sobre la caja y pedirme disculpas por el secuestro. ¿Qué ha sido de él?

Ejticulodati no pudo evitar exteriorizar su contrariedad.

—No lo sé —carraspeó—, puede que me lo haya cargado.

El goblin guardó silencio y parpadeó contemplando el campamento arrasado, los virotes brotando de los cadáveres sanguinolentos y las tiendas humeando en apocalípticos minaretes de chispa y ceniza.

—Bueno, ¿tienes casa tú o qué? —soltó el mago con brusquedad para evitarse más explicaciones.

—Tengo cueva —respondió pletórico de orgullo el pequeño Cacerolo—. Los chamanes gozamos de un estatus que nos evita la indigencia. Y muebles. Heredados.

—Llévame a tu refugio para descansar y daré tu rescate por pagado. De lo contrario, muere…, o algo —añadió con desgana—. Buf, cómo hueles chaval.

—Vaya un héroe, ¿eh?

—Menos mariconadas, palomo, que tu convivencia con los Orcos Pacíficos te ha saturado de buenas maneras. Conmigo harás una terapia de choque de regreso a la realidad. Arreando —concluyó, dándole una suave patadita en el culete.

Álvaro Aparicio

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