Espada y brujería, la gran desconocida

Si hay un mal que aqueja a la literatura de género es la fragmentación. Nos encanta crear subgéneros sacando hilos cada vez más minúsculos, picando y descomponiendo la veta hasta encontrar otro color al que dar nombre. Por suerte, no es difícil rastrear todavía a esos grandes compartimentos que definen el fantástico, aunque en ocasiones queden socavados por otros más llamativos o, en apariencia, actuales.

Un ejemplo de género olvidado, o al que se presta menor atención de la que se debería, es el de espada y brujería. Tal vez su nombre le haga daño: inevitablemente lo asociamos en nuestra mente, sobre todo si somos recién llegados al mundillo, a una iconografía, sin más. Espada y brujería, ¿acaso cabe duda alguna de a qué se refiere? Pero lo cierto es que la definición encierra componentes que van más allá del atrezzo; líneas narrativas o argumentales con un valor propio que han sabido acotar su propio campo.

Para entenderlo, nada como contraponer el concepto con su reflejo especular, la fantasía heroica. Ésta funciona, como su nombre indica claramente, con el concepto del héroe clásico como piedra angular: aquél que sigue el famoso camino definido por Campbell sin apenas saltarse ninguna etapa. Puede que nuestros héroes pataleen, se quejen por tener que dejar el hogar, pero al final prevalece sobre todas las cosas esa voluntad de luchar por el bien común. La individualidad se diluye en el colectivo; las gestas personales destacan, pero la victoria es global, universal. El equilibrio y la restauración del orden a un nivel superior son las metas deseadas. En la espada y brujería, sin embargo, aparece una figura diferente: el antihéroe. Demasiadas veces se confunde este término o se usa a la ligera: el antihéroe no es, necesariamente, ese personaje que no lo parece o que no está destinado a la gesta en cuestión, sino el que lucha y se esfuerza exclusivamente por su beneficio individual. Frodo Bolsón no es un antihéroe, porque en su mente y en su ánimo siempre estuvo el bien común antes que el personal. Estaremos más cercanos a la realidad diciendo que es un héroe improbable.

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Ilustración de Storn Cook.

Claro que las acciones individuales, “egoístas” del antihéroe, normalmente, acaban redundando en un bien mayor. Le guste o no. O puede que al final parte de esa voluntad de sacrificio por el colectivo se acabe filtrando en su carácter; ¿qué son los personajes de las historias sino un reflejo de esos grises que perfilan nuestra alma? El antihéroe puede ser hosco, amargado, y de ahí su intención de alejarse del mundo, aunque tampoco podemos considerar estas características obligatorias para definir al personaje (es importante no caer en maniqueísmos). En la espada y brujería nos encontramos a menudo a un antihéroe marginal que es expulsado de la sociedad, o que no encaja en ella. Y debe labrarse su propio camino, ya sea el de un ladrón o el de un rey, por su propia mano. No es el héroe épico de las antiguas sagas, a menudo un arquetipo que tan sólo sirve como actante para la historia; es un personaje con nombre propio, aspiraciones personales, íntimas, que a veces tienen más peso que el entorno que le rodea, por muy terrible que éste sea.

Tal vez lo que haya contribuido a relegar al olvido a la espada y brujería, o a considerarlo un subgénero de menores aspiraciones que la fantasía heroica o épica, sea su vinculación con el pulp. A estas alturas seguro que a todos os está resonando en la cabeza el nombre de Robert E. Howard, y muy acertadamente: su Conan es, nadie puede dudarlo, el principal exponente de la espada y brujería. Y es que espadas y brujos no faltan en su obra, aunque la denominación, sin embargo, no nació de Howard sino de otro gran representante literario, Fritz Leiber (autor de Fafhrd y el Ratonero Gris entre otras muchas obras), en 1961. Las historias de Conan, del inmenso Kull o Solomon Kane fueron publicadas por entregas, generalmente en revistas de género como Weird Tales; esas famosas publicaciones destinadas al consumo rápido, algo que quedaba patente incluso en la calidad cuestionable del papel en que se imprimía. Nuestra mente dada a la economía de información asocia enseguida el pulp con lo poco meritorio, con las historias sin calidad suficiente como para que merezcan más que reseñas anecdóticas. Pero sabemos que hay mucho más detrás: desde retrato social a través del consumo de ocio hasta una voluntad de explorar nuevas corrientes y formas de expresión que, si bien a veces no estaban validadas con la misma calidad literaria que las grandes sagas que se publicitaban en editoriales a bombo y platillo, han contribuido y enriquecido el género inmenso del que hoy disfrutamos.

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Ilustración de Shof Coker.

Hay otros componentes que terminaron generalizándose en la espada y brujería, más que nada por el contagio de los autores a través de las revistas pulp (al fin y al cabo, lo que animaba a muchos jóvenes y no tan jóvenes a lanzarse al género era leer ávidamente a otros y aprender sus “trucos” y lugares comunes, a veces de manera mecánica): la barbarie general del mundo fantástico en que se ambientaban, la presencia de civilizaciones decadentes y corruptas, una tendencia a la creación de ciclos episódicos (esto casi forzado por el formato de publicación en revistas)… Además del inevitable Howard, Clark Ashton Smith o el citado Lieber son algunos de los autores que se  consideran seminales para entender la espada y brujería tal como fue concebida. Más adelante, en la década de los sesenta del pasado siglo, el nacimiento de la asociación norteamericana SAGA (Swordsmen and Sorcerers’ Guild of America) propició una cierta renovación del género gracias a la labor del editor Lin Carter. En este grupo aparecerían nombres tan notorios como Poul Anderson, Jack Vance, Michael Moorcock o Roger Zelazny.

¿Qué nos encontramos hoy en día? Lo cierto es que el revival y la recuperación de los autores clásicos tienen más peso que la aparición de nuevos nombres significativos. La fantasía heroica parece haber ganado la partida en cuanto al favor del gran público, pero lo realmente interesante, si somos aficionados al fantástico, es conocer todas sus ramas y no dejarnos nada en el tintero, menos aún a causa de prejuicios. El cariño a los nombres que sentaron las bases de la espada y brujería sigue patente, y una muestra de ello la tenemos dentro de unas semanas con la celebración de los Robert E. Howard Days en Texas.

En España, quedándonos sólo en lo más reciente, tenemos representantes como Alberto Morán (El rey Trasgo) o Andrés Díaz Sánchez, (La maza sagrada, El camino del acero), quien además ha sido presidente de la Asociación Española de Espada y Brujería. Aunque la web de la asociación parece parada desde hace tiempo, os recomendamos que le deis un buen vistazo: contienen mucha información y documentación para aprender y explorar el género. Y si queréis recuperar un poco la esencia pulp, aunque sea adaptada a nuestra era digital, no dejéis de echar un ojo al fanzine Crónicas Salvajes.

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