Steampunk: humo, espejos y ucronías

Si algo podemos decir con certeza del steampunk es que un crisol del fantástico. Encontramos en él trazos de ciencia ficción, de la fantasía onírica o cercana al cuento de hadas, del terror incluso; y uniendo cada una de las secciones, como motor, se encuentra la siempre moldeable ucronía. El steampunk nos invita a soñar y a jugar con un tiempo y un espacio que pudieron ser desde un asidero real, reconocible. Podemos documentarnos, tomar los datos auténticos de la época (casi siempre ese romántico y controvertido siglo XIX) y plantearnos preguntas interesantes a partir de ellos. Y es que la Historia que nos configura se sostiene sobre disyuntivas. ¿Qué habría pasado si un investigador, un inventor o una empresa hubieran tomado una decisión en vez de otra, en un momento exacto? ¿Y si una fuente de energía en desuso actualmente hubiera sido la elegida en detrimento de otra?

Todo esto y más nos ofrece el steampunk, prometedor a la hora de ayudarnos a crear y viajar por universos alternativos… y quizás es lo que anima a artistas de toda índole, de todos los sectores, a explorarlo y ofrecernos su particular visión. Lo más vistoso pueden ser el cine o los videojuegos, pero no nos faltan el diseño, la escultura (el famoso DIY punk viaja en el tiempo y el espacio y nos ofrece una nueva vuelta de tuerca), la música (con increíbles puestas en escena como las de ArcAttack y sus bobinas Tesla musicales), ¡la cocina! Sin embargo, desde nuestro mundo literario tenemos derecho a sacar pecho y decir que este auge en las décadas recientes del género no habría sido posible sin el impulso de los pioneros tras las letras. Si esa reflexión sobre el pasado a veces crítica, a veces juguetona, a veces amarga y nostálgica, no hubiera cobrado forma y autonomía en las charlas de cafetería de una tríada bien conocida: Tim Powers, K.W. Jeter y James Blaylock.

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Tim Power, K.W. Jeter y James Blaylock.

Ojo, no nos olvidemos de que quien aviva la llama y añade troncos a la chimenea no es siempre quien ha iniciado el fuego. Por supuesto que es necesario mirar atrás, antes que nada, y reconocer que las raíces del género se afianzan en Verne o Wells, en su mirada fascinada a la exploración de un mundo cada vez más vasto de la mano de la tecnología. En esas novelitas a veces panfletarias sin disimulo de Horatio Alger, en Estados Unidos, que se conocen con el hermoso nombre de edisoniada y que cabalgan entre la ciencia ficción escapista y la inquietud por un futuro mecánico que llamaba a la puerta con fuerza en aquel embrionario siglo XX. Pero no vamos a hacer un repaso exhaustivo por esa protohistoria del género o por las novelas aisladas que empezaron a insinuarlo; no tiene sentido llenar párrafos con datos de nombres y fechas de sobra conocidos. En lugar de eso, vamos a volver a la mesa de la cafetería. Una cafetería estudiantil como otra cualquiera, en los setenta estadounidenses, en las que tres jóvenes bebían una jarra de cerveza tras otra y maquinaban. Sus maquinaciones, no obstante, tenían poco que ver con las de otros muchos jóvenes similares: versaban sobre mundos imposibles, sobre cacharros mecánicos caídos en el olvido y recuperados con una pátina fantástica, sobre una tecnología victoriana que encerraba un mensaje, más que simple exotismo. En aquel territorio fantástico y ucrónico estaban el anhelo de una revolución tecnológica diferente, menos alienante, donde el hombre común podía participar con sus propias habilidades (numerosos héroes del steampunk son artesanos, obreros, relojeros, gente con capacidades manuales para componer ellos mismos sus propios inventos, a diferencia de otros héroes clásicos del fantástico a los que el “artilugio de poder” les llegaba siempre desde fuera). Y a través de esta implicación y mirada también era posible explorar nuevas realidades, nuevos espacios. Poseerlos, aprender de ellos y derrotar al mal, ya fuera en la forma de genios siniestros o activistas de dudosa afiliación política.

Powers, Jeter y Blaylock, amigos que se animaban y apoyaban a la hora de componer sus historias, manifestarían años más tarde tener sus propias motivaciones para lanzarse a un género de características tan definidas y apasionantes: a uno le atraía el viaje, a otro escribir sobre esos chismes mecánicos… Y como suele suceder en estos casos, la espontaneidad del nacimiento fue absoluta. Ninguna intención comercial había en aquel tiempo, aunque después el steampunk se ha consolidado como uno de los géneros más “vendibles” y asimilables, tanto en la esencia de su mensaje de rebeldía como sencillamente a través de su estética, definida y a la vez propensa a la innovación y la creatividad.

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Morlock Night, de K.W. Jeter.

Todos tenemos en mente algunas de las novelas emblemáticas. La importancia de Powers, que hoy en día sigue en plena forma, enfadado con Jack Sparrow y convocando a las masas allá donde va, resulta indudable a través de su obra Las puertas de Anubis (1989), donde no tiene reparos en mezclar y agitar la esencia del colonialismo británico con los viajes en el tiempo. Blaylock compartiría con nosotros su amor por la cacharrería victoriana en las páginas de Lord Kelvin’s Machines (1992), sin olvidarse de la sátira, y Jeter dedicaría un homenaje nada menos que a Wells con Morlock Night (1979), a la que define sin ningún tipo de embarazo como “la segunda parte de La máquina del tiempo”. Jeter tiene, además, en su haber dos hitos: fue él quien creó el término “steampunk”, empleándolo para definir sus experimentos literarios en una Locus Magazine de 1987, y no contento con esto también sirvió como inspiración para uno de los personajes presentes en el Valis de Philip K. Dick. Aunque pueda parecer, en teoría, un autor bastante alejado de las ideas del steampunk, lo cierto es que Dick se encuentra vinculado de manera muy curiosa a este grupo iniciador, con el que le unió una relación de amistad e incluso tutelaje.

La máquina diferencial, de Bruce Sterling y William Gibson, supuso otro paso adelante, ya en 1990: distopía planteada a partir del momento disruptivo, en un pasado ficticio, de la creación de una supercomputadora que socava la Revolución Industrial y adelante nuestra sociedad actual. Más y más steampunk todavía no considerado como tal, al menos no de manera normativa, goteando aquí y allá. Aunque la autoría de la palabra pertenezca a Jeter, el término “steampunk” no pasó de ser una anécdota, uno de tantos “subgéneros wannabe”, hasta la llegada de otra obra de importancia capital: La trilogía steampunk, de Paul Di Filippo, publicada originalmente en 1992 y editada en nuestro país por Ajec bastante más tarde, en 2008. Si queremos mostrar a alguien, sin “asustarle” mucho, qué es el steampunk en su concepción literaria, ponerle en las manos este libro es quizás la mejor opción. En él se recopilan tres historias donde la tecnología victoriana, el humor, la ciencia ficción arcaica y la mezcla de personajes históricos se entremezclan con una sencillez no exenta de ambición y solidez. No es difícil entender por qué fundamentalmente a partir de este momento el steampunk dejó ese estatus de rareza para convertirse en una nueva forma de hacer las cosas. Las bases estaban ya más que afianzadas, y Di Filippo contribuyó notablemente a demostrar todas las posibilidades en torno a ellas.

No es difícil caer en el error de pensar que el steampunk comenzó a generar interés hace relativamente poco, apenas una o dos décadas; como siempre, lo más vistoso es el audiovisual, que fue quien llegó tarde a la fiesta. Cuando empezaron a popularizarse las películas, series o videojuegos steampunk, ya hacía bastante tiempo que pululaban por todo el mundo asociaciones destinadas al estudio del movimiento, a sus ramificaciones y su filosofía de inquietud e independencia creativa. Muchos autores han continuado la estela de Powers, Filippo y compañía en nuestros días: por citar sólo algunos nombres conocidos mencionaremos las ilusiones del siempre inquietante China Miéville, las aventuras de Cherie Priest o Philip Pullman, al ínclito Jeff Vandermeer (autor al que también debemos gran parte de la recopilación teórica del género)… Y las ramificaciones no han dejado de sucederse: podemos dárnoslas de entendidos en la materia y epatar a nuestro interlocutor diciéndole que leemos dieselpunk o gaslight romance, por ejemplo.

En literatura española, sin embargo, no nos encontramos con obras seminales hasta pasadas algunas décadas. Se suele considerar Danza de Tinieblas, de Eduardo Vaquerizo, como la principal novela del género; una revisión de la historia de la espléndida monarquía española del XVI. Pero Danza de Tinieblas es de 2005 y se nos antoja un año muy tardío: no podemos obviar publicaciones anteriores como La locura de Dios, de Juan Miguel Aguilera (1998), si bien no netamente steampunk sí una novela con trazos ucrónicos bastante cercanos. Otro representante reciente del fantástico, Víctor Conde, se pregunta qué habría pasado si Prusia hubiese entrado en la carrera espacial (¡!) en su novela Los relojes de Alestes (2010). Josué Ramos Martín aúna steampunk y dragones en Ecos de voces lejanas (2013), y Victoria Álvarez especula sobre una Venecia por la que caminan los autómatas en Las eternas (2012). Rafael González, en El secreto de los dioses olvidados (2012), responde a una de las grandes preguntas de la literatura ucrónica: ¿qué habría pasado si Alemania hubiera ganado la I Guerra Mundial? Si además metemos a la Atlántida en la ecuación, tenemos una más que interesante historia.

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El Mapa del Cielo, de Félix J. Palma.

Dejamos para el final, más que nada por su carácter archiconocido, al principal revitalizador del género, Félix J. Palma, con su Trilogía Victoriana: El mapa del tiempo (2008), El mapa del cielo (2012) y El mapa del caos, que sale a la venta este mismo mes de octubre. Palma es también coordinador de la Antología Retrofuturista, una recopilación de relatos steampunk en español donde nombres tan populares y en teoría alejados como Care Santos o José Carlos Somoza aportan su grano de arena. Otra antología interesante es Ácronos, con varios números en su haber y a la que podéis seguir en su blog. Y no podemos dejar de elogiar la labor de los compañeros de la editorial Dlorean y su Colección Tesla. Muy esperanzador se presenta el género cuando hay voces como éstas defendiéndolo y enriqueciéndolo.

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