Los escritores que publican libros a cuatro manos son una especie rara en nuestro país. Miro mis estanterías: ahí están los hermanos Strugatsky, artífices de joyas como Qué difícil es ser Dios, o el relato que dio origen a Stalker, una de mis películas de cabecera. O los autores de la mota en el ojo de Dios, Larry Niven y Jerry Pournelle. También Philip K. Dick, que al final de su carrera escribió Dies Irae junto a Roger Zelazny. No recuerdo casos parecidos en nuestro país, aunque seguro que lo hay. En todo caso ningun ha llegado a mi biblioteca hasta que Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina presentaron en el festival Celsius 232 El fin de los sueños.
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